Robert Edwards, el hombre al que miró un blastocisto

Robert Edwards, Premio Nobel en Fisiología o Medicina 2010. | Fuente imagen Wesley J Smith.

Las agencias de prensa prepararon esta mañana a toda prisa el perfil de Robert Edwards, doctor en medicina británico nacido en Manchester en 1925. Es normal teniendo en cuenta que ha sido galardonado hoy en solitario, con el Premio Nobel de Fisiología o Medicina 2010 por su trabajo pionero en el método de fertilización in-vitro (o FIV). Estoy por apostar que en cuanto se enteró, se acordó de su querido compañero Patrick Steptoe, fallecido en 1988 e igualmente responsable del logro del que mañana hablarán todos los periódicos.

En esos artículos se hablará de como Edwards, que en la actualidad es profesor emérito en la Universidad de Cambridge a sus 85 años, sirvió en el ejército británico durante la Segunda Guerra Mundial. Y de como cursó bología en la Universidad de Gales en Bangor y en la Universidad de Edimburgo. Hablarán de su tésis doctoral de 1955, que ya anunciaba el camino que habría de seguir, puesto que estudió el desarrollo de los embriones de ratón.

Lo que tal vez no cuenten es lo que Edwards sintió cuando vió por primera vez un óvulo humano fecundado en su laboratorio. Él mismo habló sobre aquel instante en una charla que dio hace dos años.

“Nunca olvidaré el día en que me incliné al microscopio y vi algo divertido en los cultivos. Lo que vi al inclinarme fue un blastocisto mirándome desde abajo. En ese momento pensé: ‘Lo logramos’.”

Pero hasta ese momento de gloria. Hasta que vio los frutos a tantos años dedicados a desarrollar la FIV, Edwards tuvo que dar rodeos esquivando las dificultades propias de un joven científico que inicia su carrera. Casi dos décadas tardó el galardonado en desarrollar la técnica que ha permitido que 4 millones de parejas con problemas de fertilidad sean padres. Una carrera que se inició en 1958 en el Instituto Nacional para la Investigación Médica de Londres, y que continuó en el primer centro mundial dedicado a la FIV: la Clínica Bourn Hall de Cambridge. Él mismo ha relatado que en sus comienzos el laboratorio carecía incluso de agua caliente.

Ligado a él, como testigo vivo del éxito de un método, de un ideal, se encontrará para siempre el nombre de aquella niña, Louis Brown, que vino al mundo en 1978 no desde París, ni del saco de una cigüeña, sino desde una simple probeta de laboratorio.

Y se hablará, se tendrá que hablar, de la importancia que tuvo en su trabajo la financiación llegada de iniciativas privadas. Y se hablará, o se tendrá que hablar, de los problemas a los que se tuvo que hacer frente en 1971 cuando el Consejo de Investigación Médica del Reino Unido le denegó sus fondos. Y es que en aquellos años la ciencia parecía estar mucho más interesada en desarrollar métodos contraceptivos que en lograr que las parejas con problemas de fertilidad pudieran ser padres

Hoy, en una rueda de prensa en la que pudimos conocer a la esposa y a la familia de Robert Edwards (que dice sentirse “contentísima y deleitada” ), su señora ha dicho con orgullo: “el éxito de esta investigación ha alcanzado de lleno a la vida de millones de personas a lo largo y ancho del mundo. Su dedicación y resuelta determinación, a pesar de la oposición de múltiples partes, ha conducido al éxito en la aplicación de su pionero trabajo de investigación”.

Y es que las cifras de infertilidad son realmente importantes. Por todo el mundo, aproximadamente una de cada 10 parejas son incapaces de engendrar. Hasta el desarrollo de la FIV, los doctores no podían hacer prácticamente nada para ayudar a estas personas. Hicieron falta casi dos décadas de estudio sobre el ciclo de vida de los óvulos humanos para que Edwards y sus colegas lograran en 1969 fertilizarlos con éxito fuera del cuerpo humano.

Pero volvamos a aquella charla de hace dos años. Cuando Edwards era “simplemente” el padre de la FIV y no el flamante ganador del Nobel de medicina. Su humanidad y el compromiso que forjó con los que padecían el dolor de no poder ser padres quedó patente en una frase que suscribo totalmente:

“La cosa más importante en la vida es tener un hijo. Nada es más especial que un niño”.

Se nota claramente que tanto él como Steptoe estaban profundamente afectados por la desesperación que sentían las parejas que tanto deseaban tener hijos. Como él mismo dijo: “Recibimos un montón de críticas, pero removimos cielo y tierra por nuestros pacientes”.

Trabajando junto a su compañero (Steptoe fue uno de los pioneros responsables de desarrollo del método de la laparoscopia) Edwards fue capaz de extraer óvulos de los ovarios, colocarlos sobre un cultivo y después añadir esperma. Juntos, lograron averiguar los papeles jugados por varias hormonas claves y descubrir en qué momento el esperma contaba con las mejores posibilidades de realizar la fertilización.

Y todo ello a pesar de que algunos científicos representantes del rancio Establisment oficial, les trataban como a “intrusos”. Al menos hasta que Louis Brown, que por cierto hoy es madre, apareció en los periódicos de medio mundo el 25 de julio de 1978. Y es que hoy vemos completamente normal recurrir a esta técnica, pero en su día despertó múltiples desconfianzas entre algunos doctores que pensaban que los humanos así engendrados podrían venir al mundo con defectos.

Los difíciles comienzos y los obstáculos a los que se enfrentó a lo largo de su carrera, convencido de que estaba haciendo algo bueno, hacen sin duda que la concesión de este premio suscite pocas críticas… incluso en un mundo superpoblado como el nuestro.

En pocas ocasiones, si me permitís el comentario, el galardón ha sido tan merecido.

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