Una mirada a fondo

Se dice con frecuencia que el fondo de nuestros mares y océanos es menos conocido que la superficie lunar. Hay algo de razón en ese argumento. Nuestro principal instrumento para adquirir conocimiento son las radiaciones electromagnéticas, en el rango óptico para los seres humanos y en un amplio abanico de frecuencias cuando hablamos de nuestros aparatos. Y estas radiaciones no son capaces de atravesar el océano para llegar a sus capas más profundas. Quizás es simbólico que un director de cine decidiese resolver el problema de una forma más directa, bajando directamente a la zona más profunda del Océano Pacifico. Lo hizo en 2012 y fue el segundo descenso tripulado a la fosa de las Marianas. Desgraciadamente, no hemos vuelto a hacerlo desde entonces.

James Cameron es famoso por películas como Titanic y Avatar pero también por documentales sobre los restos del propio Titanic y el naufragio del Bismarck. O por películas como Abyss donde es inevitable encontrar muestras de su pasión por la exploración submarina. Al igual que Elon Musk con el espacio, Cameron decidió que las instituciones públicas eran demasiado lentas y sus proyectos demasiados caros. Él quería bajar hasta la zona más profunda del océano y decidió construir una nave para hacerlo.

Sabemos que ascender poco más de 100 kilómetros en vertical nos lleva hasta el espacio, pero esa corta distancia no refleja lo complejo que resulta hacerlo. Descender 10 kilómetros en vertical tampoco parece un reto ambicioso pero la realidad es muy diferente. No solo por las tremendas presionas que debe soportar el vehículo una vez que llega al fondo. Todo el proceso es enormemente complejo y delicado. Por ejemplo, ¿a que velocidad podemos descender de forma segura? Además de la resistencia al avance del agua, la propia estructura del vehículo se comprime y deforma en respuesta a los cambios de presión. Por eso, la prudencia aconseja descender lentamente. A cambio, todo el tiempo empleado es descender y ascender es menos tiempo para la exploración. Y más tiempo hasta un eventual rescate en caso de problemas. En enero de 1960, el batiscafo Trieste consiguió descender hasta el fondo de la fosa de las Marianas, el lugar más profundo del océano. El descenso “solo” le costo 4 horas y 47 minutos lo que les dejo muy poco tiempo de exploración, apenas 20 minutos, antes de ascender de nuevo.

El Deepsea Challerger, que fue el nombre dado al vehículo de Cameron, tenía un diseño novedoso. Dado que la mayor parte del movimiento era vertical, su distribución estaba orientada en esa dirección para facilitar el movimiento. Naturalmente, el vehículo estaba lleno de nuevas tecnologías y nuevos materiales para hacer la inmersión más fácil y segura. Un ejemplo fue la sustitución de los flotadores rellenos de gasolina del Trieste por una novedosa “espuma” formada por microesferas huecas en una matriz de epoxi, ligera pero muy resistente a la presión. La electrónica, cámaras y equipamiento científico eran muy superiores a las del Trieste. El 26 de marzo de 2012, el Deepsea Challenger descendió hasta el fondo en solo 2 horas y 36 minutos y pudo pasar unas tres horas explorando ese entorno. Tiempo suficiente para obtener muestras de vida con decenas de nuevas especias, desde bacterias a holoturias o crustáceos. Y grabar una película en 3-D para recordar la experiencia. Dado que se trataba de un submarino individual, el propio James Cameron descendió hasta el fondo, manejó el equipo científico y las cámaras y fue el responsable de los resultados. Algunos dirían que solo fue “hacer lo mismo cincuenta años después” pero el retorno científico fue muy superior. Los paralelismo con una posible vuelta a la Luna son evidentes.

Elementos principales del Deepsea Challerge | imagen Natgeo

¿Fue Cameron el pionero de la actual visión para la futura exploración de espacio? Una exploración que parece basarse en convencer a unos cuantos multimillonarios como Elon Musk o Jeff Bezos para que inviertan su dinero en las nuevas tecnologías y vehículos que necesitamos para ello. Quizás. Creo que todos los aficionados al espacio tenemos esperanzas, pocas o muchas, en que esta competición recupere algo del brillo que tenía la carrera espacial hace 50 años. Sin embargo, el retorno científico esta lejos de estar garantizado. El final de esta historia también puede servirnos como advertencia.

Tras su histórica inmersión, Cameron cedió el submarino al Instituto Oceanográfico Woods Hole para que continuase su trabajo. También cedió los planos y diseño para permitir que otros pudiesen utilizar sus avances. Algo muy meritorio pero, quizás, insuficiente. A pesar de su interés en el océano, abandonó el proyecto tras una única inmersión. Una breve visita, apenas una mirada superficial en lugar de una exploración a fondo. Como problema añadido, el único prototipo del histórico submarino fue dañado en el incendio del camión que lo transportaba. ¿El resultado final? La posibilidad de explorar los fondos más profundos se perdió de nuevo. Ni James Cameron tuvo interés en repetir el proyecto ni las instituciones tuvieron fondos para hacerlo. Nuestra exploración del océano más profunda sigue limitada a poco más 3 horas en 50 años. Con resultados prometedores y numerosas publicaciones científicas, pero necesariamente limitado. Para el gran público solo queda una cuenta en Twitter, parada desde hace dos años y una web sin actualizar.

Mi opinión es que, tanto en la exploración del espacio como de las profundidades oceánicas, necesitamos mucho más que desarrollar la tecnología. Necesitamos la voluntad colectiva y los recursos suficientes para darle continuidad. La investigación científica rigurosa requiere tiempo y un esfuerzo prolongado que solo suele estar al alcance de instituciones bien financiadas, no de particulares por ricos y entusiastas que sean. Personas que tampoco tienen la motivación para continuar explorando cuando no encuentran una forma clara de obtener beneficios económicos. Bienvenidos sean pero necesitamos algo más.

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