Cuando Semmelweis salvó a cientos de madres

Grabado de Ignaz Semmelweis, de Eugen Doby. Dominio Público.
Grabado de Ignaz Semmelweis, de Eugen Doby. Dominio Público.

En pocas ocasiones a lo largo de la historia una práctica tan sencilla y rutinaria como lavarse las manos tuvo tanta trascendencia como en los sucesos acaecidos en el Hospital General de Viena hacia mediados de la década de 1840.

Los acontecimientos que nos ocupan se desarrollan en una Viena que por entonces se encontraba azotada por la revolución de 1848, un levantamiento que llegó a poner en jaque al propio imperio austríaco. El fervor revolucionario que recorría Europa sacudió duramente a la dinastía de los Habsburgo, provocando la abdicación del emperador Fernando I y de su todopoderoso primer ministro Metternich, defensor del Antiguo Régimen y del carácter absolutista de la institución monárquica.

Pero mientras en las calles se agitaban las masas revolucionarias, el protagonista de nuestra historia se debatía fervientemente en la solución de un rompecabezas que estaba costando la vida a cientos de mujeres vienesas que acudían al hospital a dar a luz una nueva vida. En aquella Viena convulsionada, traer una vida al mundo se había convertido en una práctica de riesgo cierto, abocando a las mujeres embarazadas a un escenario en el que su propia vida corría un peligro inminente.

Un parto decimonónico. U.S. National Library of Medicine.
Un parto decimonónico. U.S. National Library of Medicine.

Ignaz Semmelweis era por entonces médico obstetra en el Allgemeines Krankenhaus Wien (Hospital General de Viena). Semmelweis había nacido el 1 de julio de 1818 en la ciudad húngara de Buda, hoy Budapest, en el seno de una acomodada familia de comerciantes de origen alemán. A la edad de 25 años obtuvo el grado de Doctor en Medicina por la Universidad de Viena, especializándose en Obstetricia, disciplina a la que se dedicaría el resto de su vida. En 1846 obtuvo un puesto de asistente en la Clínica Primera de Maternidad del citado Hospital General de Viena. Con el tiempo, Semmelweis sería conocido con el sobrenombre de El Salvador de Madres.

En aquellos años eran muy conocidas las complicaciones médicas, a menudo con fatal desenlace, asociadas a la denominada fiebre puerperal, un proceso infeccioso grave de etiología desconocida que afectaba a algunas mujeres dentro de las dos semanas siguientes al parto (puerperio). En general, estos contagios intentaban explicarse acudiendo a la teoría miasmática, dominante en aquella época, según la cual las infecciones se producían por la existencia de partículas contaminadas contenidas en las exhalaciones emanadas de las personas enfermas. Y el Hospital General de Viena no era ajeno a estas explicaciones.

El hospital contaba con dos clínicas de maternidad, a las que las mujeres vienesas acudían a dar a luz en un número aproximado de unas 6000 al año. Pero dentro de esta normalidad, en la ciudad se vivía algo que causaba enorme inquietud entre el conjunto de la población. Aunque en ambas clínicas acontecían regularmente procesos de fiebre puerperal, era muy acusada la diferencia en el número de casos que aparecían en uno y otro establecimiento. Como la mayoría de los contagios concluían con el fallecimiento de la víctima, las tasas de mortalidad por parto discordaban de forma dramática entre ambas clínicas. Esta circunstancia, que era bien conocida en la ciudad, provocaba enorme temor entre las mujeres embarazadas. Dado que las admisiones en uno u otro pabellón se iba practicando en días alternos, las mujeres hacían lo imposible por ingresar el día que sabían serían asistidas al parto en la clínica con menor incidencia de contagio. Algunas mujeres preferían incluso dar a luz en la calle, ante la fatal perspectiva de verse expuestas a una alta probabilidad de contraer la enfermedad.

Semmelweis cayó en la cuenta de este problema al poco tiempo de su llegada al hospital, siendo además que estaba destinado en la clínica que presentaba el número más alto de casos de fiebre puerperal. Al examinar retrospectivamente las estadísticas de datos de afectación de infecciones en ambas clínicas, entre los años 1841 y 1846, pudo comprobar que mientras en la Clínica II la incidencia de contagios se mantenía en un valor muy constante de alrededor del 2% de los ingresos, en la Clínica I la incidencia no bajaba nunca del 5%, llegando a ser algunos años casi del 20%. El número de episodios de contagio era tan alto en la Clínica I, que se daba la circunstancia que incluso las mujeres que decidían dar a la luz sin ninguna asistencia en plena calle, mostraban menor incidencia de casos de fiebre puerperal que las que eran asistidas al parto en dicha clínica.

Semmelweis: defensor de la maternidad, de Robert A. Thom. Wikimedia Commons.
Semmelweis: defensor de la maternidad, de Robert A. Thom. Wikimedia Commons.

Una vez consciente del problema, Semmelweis se sumió en la búsqueda del origen de la tan elevada tasa de infecciones. Los meses siguientes constituyeron una dura prueba para su poder de deducción, entregado a la tarea de averiguar el porqué de la diferencia en el número de contagios experimentados entre ambas clínicas. En su proceso de búsqueda, descartó causas relacionadas con la edad, emocionales, de hacinamiento, incluso religiosas, llegando a desechar hasta treinta factores diferentes que presuntamente podían originar la divergencia entre lo que acontecía en una y otra clínica. Como en la Clínica II las mujeres solían dar a luz en posición lateral, llegó incluso a implantar esta práctica en la Clínica I, donde tradicionalmente se realizaba en posición supina. Pero no obtuvo ningún resultado. En poco tiempo pudo comprobar que la posición que adoptaban las mujeres durante el parto nada tenía que ver con el origen de los contagios. La causa de las infecciones seguía sumida en las tinieblas.

Pero como tantas veces ha ocurrido en la historia de la ciencia, fue entonces que el azar vino en ayuda de nuestro protagonista. En el mes de marzo de 1847, el Dr. Jakob Kolletschka, un médico forense de 43 años amigo suyo, falleció del mismo proceso infeccioso que venía afectando a las mujeres víctimas de la fiebre puerperal. Se había dado la circunstancia que este médico, mientras practicaba una autopsia a una embarazada, había resultado victima de una herida, causada por la punción en un dedo con un escalpelo manejado por uno de sus alumnos. Tras el accidente, el Dr. Kolletschka desarrolló un proceso septicémico similar al de la fiebre puerperal, que le llevó a padecer sucesivamente flebitis, pleuresía, pericarditis, peritonitis y meningitis, antes de encontrar la muerte. Enterado de este suceso, Semmelweis cayó en la cuenta de la similitud de ambos procesos, y comenzó a conjeturar que quizás el fallecimiento del Dr. Kolletschka y los de las mujeres que acudían a dar a luz compartiesen la misma etiología.

Paralelamente, desde un primer momento, no fue ajeno para Semmelweis el hedor y la pestilencia que tras las autopsias arrastraban en las manos y ropajes los médicos que realizaban tales prácticas, si bien en principio ni él ni ninguno de sus colegas del hospital llegaron a poner en relación directa esta circunstancia con las altas tasas de mortalidad por fiebre puerperal.

Relacionado con esta circunstancia, y aunque ambas clínicas compartían unas metodologías de trabajo comunes, existía, por encima de este hecho, algo que las diferenciaba radicalmente. Mientras que en la Clínica I, la que tenía el índice más alto de contagios, las mujeres eran atendidas por estudiantes de medicina, en la Clínica II eran atendidas exclusivamente por parteras. Además, se daba el caso de que los estudiantes que atendían la Clínica I realizaban autopsias de forma rutinaria en el propio hospital, a menudo instantes antes de atender a los partos o examinar a las embarazadas, una práctica que sin embargo las autoridades habían prohibido a las parteras.

Con los condicionantes anteriores, lo que aconteció a continuación fue una palpable muestra del patrón de funcionamiento del método científico en que se sustenta la ciencia positiva: formulación de una hipótesis; elaboración de un enunciado susceptible de experimentación; y contrastación empírica de ese enunciado. Los datos obtenidos en el proceso de contrastación se encargarían de refutar o confirmar la hipótesis primera.

Basándose en los datos clínicos estadísticos de periodos anteriores y apoyándose en criterios anatómicos y patológicos, Semmelweis elaboró la inferencia de que quizás fuese el personal médico el vehículo activo en el contagio de las mujeres, al transportar, bien en sus manos, bien en el instrumental de trabajo, lo que denominó como partículas cadavéricas, restos biológicos microscópicos procedentes de cadáveres previamente examinados. Al realizar exámenes vaginales a las mujeres o atenderlas durante el parto inmediatamente después de las autopsias, esas partículas provocarían la contaminación cruzada desde los cadáveres a las mujeres embarazadas. Hacia mediados de mayo de 1847 ya había formulada esta hipótesis. Para contrastarla, implantó como método profiláctico la obligatoriedad de que los estudiantes se lavaran las manos en una solución de hipoclorito cálcico (un fuerte desinfectante) entre la realización de las autopsias y el examen a las mujeres, al objeto de eliminar las posibles partículas causantes de la contaminación.

Una vez llevada a la práctica, el efecto de esta sencilla operación sobre la tasa de mortalidad de la Clínica I fue inmediato y radical. En un breve periodo de tiempo cayó por debajo del 2%, valor incluso inferior al de la Clínica II, donde hasta entonces la tasa de mortalidad había sido más baja. Concretamente, a lo largo del año 1848, 45 de 3556 puérperas murieron en la Clínica I (1,27%), mientras que en la Clínica II murieron 43 de 3219 (1,34%).

Habiendo tenido éxito en su conjetura, la confirmación de la hipótesis debió haber resultado dramática para el propio Semmelweis, una persona profundamente humanitaria y entregada en cuerpo y alma a salvar vidas mediante la práctica de la medicina. Esta confirmación le hizo caer en la cuenta de que sus colegas y él mismo habían resultado ser los portadores del factor patógeno que tantas vidas humanas habían costado. Como él mismo escribiría posteriormente:

Por lo tanto, afirmo que sólo Dios sabe el número de pacientes que murieron prematuramente por mi culpa. Yo he examinado un número de cadáveres igualado solamente por pocos otros obstetras. Si digo esto de otros médicos, mi intención únicamente es hacer consciente una verdad que, para gran desgracia de la humanidad, ha permanecido desconocida por muchos siglos. Independientemente de lo doloroso y opresivo que pueda ser tal reconocimiento, la negación no es su remedio. (I. Semmelweis, Etiología, concepto y profilaxis de la fiebre puerperal [extraídos 1861], Medicina Social, vol. 3, no. 1, 2008, p.27)

Pero a pesar de que a la vista de los resultados su hipótesis había resultado ampliamente confirmada y la vía de transmisión del contagio parecía haber quedado revelada, sus argumentos causaron rechazo e incluso sorna entre sus colegas de profesión, los cuales se mostraban muy contrarios y críticos con los trabajos de Semmelweis. Desgraciadamente, debido a su gran influencia, el profesor austríaco Johann Klein, Jefe de Obstetricia del hospital y a la postre superior jerárquico de Semmelweis, se encontraba entre uno de los más críticos. Esto trajo consigo que, a pesar de la evidencia, los argumentos esgrimidos por Semmelweis no fueran admitidos hasta muchos años después.

Las causas de esa oposición eran varias. La comunidad médica de la época rechazaba mayoritariamente la existencia de microorganismos patógenos que pudiesen transmitir la fiebre puerperal, en buena medida porque hacía recaer sobre los propios obstetras la causa de los fallecimientos. Tampoco colaboró en la aceptación de sus conclusiones la aparente ineficacia y desdén de Semmelweis en presentar los datos de sus investigaciones. Aunque hizo públicas sus conclusiones ofreciéndose a dar algunas conferencias sobre tales descubrimientos, quizás debido a la dificultad que tenía para dominar el idioma alemán, no se prodigó en las comunicaciones, ni se decidió a presentar sus investigaciones en ámbitos científicos o académicos. Hasta 1861 Semmelweis no autorizó ninguna publicación al respecto, año en el que publicó Etiología, concepto y profilaxis de la fiebre puerperal, un libro donde recogió todos sus estudios y experiencias relacionados con la enfermedad.

Aunque examinando los acontecimientos con la distancia y perspectiva que facilita el paso del tiempo la actitud de sus colegas de profesión se podría antojar irresponsable e inconsecuente, se podría aducir en descarga de ellos que la existencia de organismos patógenos como agentes causantes de enfermedades contagiosas era ajena y contraria a las creencias de la época. De hecho, no fue hasta una década más tarde que Louis Pasteur y Robert Koch explicaron con detalle el origen microbiano de la infección, identificando un microorganismo (el estreptococo) como agente causal de la sepsis puerperal, en el marco de un paradigma más general conocido como teoría microbiana de la enfermedad.

Portada del libro Etiología, concepto y profilaxis de la fiebre puerperal (fragmento), de Ignaz Semmelweis.
Portada del libro Etiología, concepto y profilaxis de la fiebre puerperal (fragmento), de Ignaz Semmelweis.

Con el transcurso del tiempo, los acontecimientos vividos en el Hospital General de Viena fueron quedando atrás. Sin embargo, la tensión emocional a que se vio sometido Semmelweis surtió en menoscabo en su salud. A lo largo de los primeros años de la década de 1860 comenzó a mostrarse cada vez más irritable y excéntrico, quizás fruto del tormento sufrido por las trágicas contrariedades a que se había visto sometido en su carrera profesional. Progresivamente fue siendo víctima de un constante deterioro en su estabilidad psicológica. Finalmente, los síntomas se agudizaron hasta tal punto que abocaron con su internamiento en una institución mental. Falleció solo dos semanas después, el 13 de agosto de 1865, a la edad de 47 años. Como un cruel sarcasmo de la vida, la muerte de Semmelweis sobrevino tras ser víctima de un proceso infeccioso que desembocó en un estado de sepsis generalizado. Y aunque el origen de esta patología continúa a día de hoy sin ser aclarado, se baraja como causa probable del fallecimiento la infección de alguna de las lesiones producidas por las palizas y el maltrato recibido durante su periodo de internamiento.

Este artículo nos lo envía Paco Mariscal, Ingeniero Técnico de Telecomunicación y Máster Universitario en Lógica, Historia y Filosofía de la Ciencia. Trabajo como informático en un centro de investigación del CSIC. Mantiene un blog llamado El barril de Newton, donde regularmente escribe entradas sobre historia y filosofía de la ciencia.

Referencias y más información:

Acevedo Díaz, J.A., García-Carmona, A. y Aragón, M. (2016). Un caso de Historia de la Ciencia para aprender Naturaleza de la Ciencia: Semmelweis y la fiebre puerperal. Revista Eureka sobre Enseñanza y Divulgación de las Ciencias, vol. 13, no. 2, pp. 408-422.

Coffield F. (2011). The Response of Professionals to New Ideas: Learning from Semmelweis. En: M. Erhardt, F. Hörner, I. Uphoff & E. Witte (Eds.) Der skeptische Blick (pp. 139-154). Wiesbaden: VS Verlag für Sozialwissenschaften.

Nuland, S. (2003). The Doctor’s plague: germs, childbed fever, and the strange story of Ignác Semmelweis. New York: Atlas Books/Norton.

Semmelweis, I. (1861). Etiología, concepto y profilaxis de la fiebre puerperal. En Etiología, concepto y profilaxis de la fiebre puerperal [extraídos 1861], Medicina Social, vol. 3, no. 1, 2008.

Walker, D.A. and Wilson, P. (2014). Learning from Semmelweis: engaging in sensible infection control. Anaesthesia, vol. 69, no. 8, pp. 807–810. DOI: 10.1111/anae.12771

Wilson, J. (1998). Elias Samuel Cooper and 19th Century Medicine. En Stanford University School of Medicine and the Predecessor Schools: an Historical Perspective.

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