Los Incrédulos, un cuento de especulación científica

“Cualquier tecnología suficientemente avanzada es indistinguible de la magia” (Tercera ley de Clarke).

Habría negado tres veces, y aún más, que yo, Samuel Leo, un líder del movimiento Los Incrédulos, pediría el ingreso en la iglesia Nova Vida, pero Elisa, mi amor, había muerto trágicamente y no quería aceptar que la había perdido para siempre. Como Houdini tras la muerte de su madre, estaba dispuesto a consultar a todos los videntes que prometían que podría contactar con ella. Estaba convencido de que los que manejaban Nova Vida eran unos embaucadores, pero a pesar de mi escepticismo, secretamente tenía un ápice de esperanza de volver a reunirme con ella, aunque fuese virtualmente.

Nova Vida se había convertido en la religión predominante. Más del 95% de los mayores de edad de los Países Desarrollados estaban suscritos a Nova Vida. Digo bien “suscritos”, pues en realidad Nova Vida no era propiamente un culto, sino un servicio ofrecido por casi todas las grandes religiones que garantizaba que, cumpliendo ciertas condiciones, los fieles podrían contactar con sus muertos. Los clérigos de Nova Vida se conocían como los transcientíficos y entre ellos, como es natural, había jerarquías. En la cúspide estaba LEP; nada se sabía sobre él ni se conocía ninguna imagen suya. Ser transcientífico era un puesto altamente apetecido al que podían acceder solo los mejores.

Los servicios de Nova Vida habían ido en aumento. Al principio solo era posible hablar con un muerto, que tenía que cumplir el requisito de haber sido en vida muy activo en redes sociales. Más adelante llegó la imagen, y ya podían mantenerse videoconferencias con el finado. Pero desde Nova Vida 27, suscripción Premier, se podía practicar una auténtica inmersión virtual. Pequeños grupos de vivos y muertos se reunían en salas especialmente acondicionadas y compartían una tertulia, supervisada por un transcientífico. La calidad de la simulación de los muertos era tal que eran prácticamente indistinguibles de los vivos, o al menos eso cuentan. Las reuniones eran entre familias y allegados y sus respectivos difuntos, en la práctica, podía estar cualquiera que fuese aceptado por el grupo. Participar en estas reuniones se fue convirtiendo en un acto de imaginación, por las posibilidades que había para definir las condiciones en que se celebraban. No era extraño que en la misma reunión estuviesen la nieta y la abuela fallecida, ésta con una edad parecida a la que tenía la nieta en ese momento. Incluso se daban casos de enamoramiento entre vivos y muertos. Supongo que el que se enamoraba era el vivo del avatar del muerto.  En otras ocasiones se daban situaciones embarazosas, como cuando en una pareja moría uno de sus miembros y el otro encontraba una nueva pareja. En estos casos en la reunión podían estar presentes el vivo con su nueva pareja y su pareja anterior, naturalmente en forma virtual. Estas situaciones habían provocado algunos abandonos de suscriptores de Nova Vida por lo que prohibió reuniones con estas características. Esta prohibición no aplicaba a las confesiones que admitían la poligamia, como eran los mormones, o la poliandria, típica entre los araujos.

Yo todo esto lo sé porque me lo han contado, pero siempre fui escéptico, y por eso pertenecía a Los Incrédulos. Los Incrédulos éramos una exigua minoría, casi proscrita, que defendíamos que las prácticas de Nova Vida eran un timo. Proclamábamos que existía una verdad objetiva, e incluso muchos de nosotros conservábamos la antigua costumbre de leer libros. Estábamos convencidos de que los sacerdotes – los transcientíficos – de Nova Vida eran los más grandes timadores de la historia. ¿Cómo podían mantener tan magno engaño – ¡hablar con los muertos! – durante años? Parecía contradecir toda lógica. Desafiaba incluso a la sentencia atribuido a Abrahán Lincoln: “se puede engañar a todo el mundo algún tiempo…se puede engañar a algunos todo el tiempo…pero no se puede engañar a todo el mundo todo el tiempo”. Nuestro objetivo era descubrir que Nova Vida era un fraude y mostrarlo a la humanidad. Intentábamos infiltrarnos en Nova Vida y algunos, muy pocos, lo conseguían,  pero sorprendentemente acababan conversos.

A pesar de todo, allí estaba yo esperando a ser recibido para intentar ser admitido en Nova Vida. Estaba nervioso, temía no pasar la que sería mi primera prueba. Se me advirtió de que evitase decir mentiras, ya que sería causa inmediata de rechazo. Cuando se me preguntó por mi religión me declaré neoagnóstico. Por extraño que parezca, Nova Vida incluía una sección para los Neoateos y otra para Neoagnósticos.  Se me inquirió sobre la razón por la que pedía la admisión en Nova Vida, fui claro: por imprudencia y soberbia desconecté el sistema de conducción automática de mi coche y como consecuencia tuve un accidente en el que pereció mi gran amor, Elisa. Nunca lo superé y conservaba la remota esperanza de poder encontrarme con ella. En fin, procuré no decir ninguna mentira, aunque sí algunas medias verdades, como esconder que una de mis intenciones era descubrir qué había tras esas resurrecciones virtuales. Después de pasar varias pruebas, fui admitido, si bien antes debería pasar un periodo de prácticas.

Mi primer encuentro con Elisa fue muy perturbador. Ella apareció tras un cristal trasparente, tan hermosa como yo la recordaba. Me quedé atónito, incapaz de hablar. Conseguí reponerme e hilar algunas frases:

  • ¿Estás viva o muerta?
  • Eso debes decirlo tú — me respondió con una aparente placidez.

Intenté conservar la razón y puse en práctica lo que tanto había meditado. Estaba convencido de que, por muy real que pareciese, no podía serlo, quizás un holograma o un espejismo insertado en mi celebro, o cualquier otra tecnología de realidad virtual.  Había preparado una estratagema para intentar detectar el fraude: relaté algunos acontecimientos que supuestamente habíamos compartido pero que yo sabía que eran falsos. Me miró con una expresión de compasión:

  • ¿Por qué me cuentas esas invenciones? ¿todavía dudas de que sea yo? ¿Por qué no me haces ya las preguntas convenidas?

Un escalofrió me recorrió. Los Incrédulos habíamos acordado, a modo de claves, tres preguntas secretas, que solo eran compartidas entre dos personas. Se pretendía que si uno de nosotros moría detectaría la simulación formulándole esas preguntas secretas. La idea la habíamos tomado de Houdini, que había concertado con su madre una pregunta secreta que sirviese para desenmascarar a cualquier vidente. Formulé las tres preguntas y Elisa las respondió correctamente con total naturalidad. Me sentí completamente desconcertado.  Era un científico y tenía que anteponer la razón a cualquier cosa. Las dudas me corroían y la confusión se iba adueñando de mí.

Los encuentros eran semanales y como máximo podían durar una hora. Era una de las reglas de Nova Vida. Con el tiempo desapareció el cristal y pude tocarla. Nuestras manos se entrelazaron: ¡Era real! Vivía en la confusión más absoluta. Había momentos en que creía que la Elisa que yo veía era verdaderamente ella y otras que dudaba que pudiese ser así.  Especulé sobre infinidad de hipótesis buscando una explicación racional, y diseñé pruebas para ir descartando posibles explicaciones lógicas.  Con todo, vivía cada semana pendiente de mis encuentros con Elisa.

Un día fui llamado por un transcientífico. Por la forma en la que se dirigió a mí supuse que debía ocupar alguna posición elevada. Me hizo una propuesta sorprendente:

  • ¿Quieres optar a ocupar un puesto de transcientífico? Tu formación como científico y tu espíritu escéptico te hacen un excelente candidato.

Me quedé estupefacto. Me confesé miembro de Los Incrédulos. No pareció sorprenderle e insistió:

  • Podrás aclarar tus dudas y vencerás el desasosiego en el que vives, te serán revelados los arcanos de la Orden de los Transcientíficos pero —me advirtió— es un camino sin vuelta atrás. Jamás podrás revelar los conocimientos que te enseñaremos.

Lo pensé mucho y acepté. No podía continuar viviendo en esa zozobra permanente.

Se me asignó un transcientífico tutor. No tardó en ganarme con la profundidad de sus pensamientos y su infinita paciencia. Me aplicó el método socrático y me hizo dudar de todo lo que yo creía que sabía. Una tarde me miró fijamente y me dijo:

  • Te voy a contar una historia.

Le presté toda mi atención. Trascribiré lo que me contó, sé que mi descripción está muy alejada de la forma brillante con la que él lo hizo:

“En 2047 ocurrió la gran Crisis. En ese momento el mundo estaba dominado por grandes compañías de Internet: Google, Facebook, Twitter, WhatsApp, Instagram y unas pocas empresas de videojuegos. Estas compañías gigantes habían desarrollado aplicaciones a las que, al principio, se accedía normalmente a través unos dispositivos que se llamaban móviles o celulares (eran como estuches planos dotados de una pantalla). No se concebía que una persona no llevase su móvil en la mano o cerca. Más adelante ese tosco instrumento se fue sofisticando, integrándose en las gafas, en las lentillas, y en la propia ropa. Pero el salto revolucionario se dio cuando se integró en el cuerpo como implante cerebral, y además, de imágenes y sonido podían percibirse todos los sentidos.

Los libros y periódicos, impresos o digitales, casi desaparecieron, quedando reservados a algunos considerados anacrónicos. Incluso entre éstos las lecturas solían ser de corta extensión: lo más leído era el cuento de A. Monterroso que decía “Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí”.  ¿Para qué leer libros? Si alguien quería saber algo sobre un tema bastaba con pensar, por ejemplo, “Resumen en 5 minutos de la Segunda Guerra Mundial”. Inmediatamente se experimentaba una inmersión virtual, donde se percibía justo lo que se había pedido en una versión apropiada a los gustos del usuario; que coincidiese más o menos con la realidad era irrelevante. Algo parecido sucedía con las noticias. Si era sobre crímenes hasta se podía elegir al asesino. A los políticos sin escrúpulos les fue sencillo construir mitos tribales y propagarlos. La consecuencia fue que el mundo, especialmente Europa, se fue fragmentando en pequeñas naciones títeres gobernadas por iluminados. El verdadero control del mundo lo ejercían las grandes compañías que se veían favorecidas por esta situación pues podían organizar sus finanzas para no pagar impuestos en ningún sitio. Además, las transacciones comerciales se hacían en criptomonedas, fuera del control de los estados.  Pero estos asuntos eran poco relevantes para la mayoría de las gentes que malgastaban su tiempo inmersos en multiconferencias telepáticas – esa era la sensación que te daba el implante que se tenía en el cerebro – o en juegos virtuales online, o siguiendo al líder mediático de moda. El problema fue que todas estas aplicaciones se hicieron tan adictivas que la mayoría de las personas dejaron de trabajar o de estudiar.  Aunque en la automatización se habían hecho enormes progresos, no podían suplir todas las tareas que normalmente habían sido ejecutadas por seres humanos. Al principio, los inmigrantes de los países subdesarrollados compensaron parcialmente la escasez de trabajadores reales, acabando integrados por el sistema y cayendo en las mismas adicciones. El concepto de realidad fue desapareciendo. Las religiones fueron perdiendo su influencia, simplemente porque la gente prestaba atención a otras cosas.  Los valores que normalmente sostienen a las sociedades fueron menguando. Entonces vino la hecatombe: si casi nadie trabajaba, ¡ni los chinos!, ¿cómo podría el mundo sostenerse?  Las propias empresas que habían desarrollado las aplicaciones se hundieron, pues ¿de dónde podían sacar el dinero si la gente estaba perdida en mundos virtuales? Las criptomonedas colapsaron, de golpe la confianza en el dinero – uno de los grandes mito de la Civilización – desapareció y dejó de tener valor. El resultado fue la Gran Crisis del 2047 que hizo pequeño al crash de 1929. El mundo retrocedió muchos años atrás”.

Al escucharlo me sentía hipnotizado.  Entonces, mi tutor me miró y me dijo:

  • No iba a ser sencillo recuperarse pues se había perdido lo más importante: el conocimiento. Aunque todos los datos estaban en la nube, sin personas que supiesen distinguir lo real de lo virtual eran de poca utilidad ¿Cómo se podía salir de ese abismo si los propios líderes políticos eran como polichinelas que habían perdido todo contacto con la realidad?

Me quede meditabundo y antes de que pudiese responderle me lanzó una nueva pregunta:

  • Si pudiésemos viajar en el tiempo unos miles de años atrás y observásemos el comportamiento de homínidos en distintos periodos ¿Cuándo considerarías que su comportamiento empezó a ser humano? Piénsalo y dentro de unos días hablamos.

No entendí que relación podían tener ambas preguntas, pero sabía que mi tutor pretendía enseñarme algo. Reflexioné y cuando unos días después nos vimos le di mi respuesta:

  • Creo que si observase grupos de homínidos practicando enterramientos rituales estaría ante un comportamiento genuinamente humano. Para llegar a esa fase tendrían que haber desarrollado un pensamiento simbólico que les permitiese pensar sobre el futuro. Rendir culto a los muertos es una forma de prolongar la vida más allá de la muerte. Probablemente, fue esa creencia la que generó códigos de conducta y una moralidad que redundó en beneficio de la mayoría del grupo.

Mientras decía esto, pensaba que, en el fondo, la creencia en la existencia de otra vida tras la muerte actuó como un mecanismo de selección natural que favoreció la protección de la especie.

  • Estamos de acuerdo —me respondió— y el LEP también debió pensar lo mismo, pues tras la Gran Crisis unió a los mejores programadores, entre los que estaban los que habían desarrollado las aplicaciones que nos habían llevado al cataclismo. El objetivo era encontrar una forma de salir de aquella situación que había hundido a la Civilización. Una de las vías que encontraron fue aprovechar la predisposición atávica de los humanos por prolongar la vida de los seres queridos. Había que revivir, aunque fuese virtualmente, a los muertos. No les fue tan difícil: todas las personas habían dejado grabadas sus vidas en las redes sociales con un detalle mayor de lo que cualquiera puede recordar de sí mismo. Cuando fallecían, lo que moría era el cuerpo, pero sus vidas permanecían grabadas en la nube. Los mismos programas que se habían desarrollado para los juegos digitales aprovecharon el legado digital de los muertos para, con técnicas de inteligencia artificial, construir un metaholograma dinámico de la persona muerta que la simulaba en cualquier momento de su vida. El realismo que se había conseguido era tal, que en la práctica era indistinguible de la realidad. Los grandes líderes religiosos, que habían visto cómo sus seguidores habían ido menguando hasta la casi extinción, colaboraron en aprovechar este hecho para conseguir que las gentes volviesen a las iglesias una vez a la semana a una hora concertada. En la Iglesia se les asignaba una habitación, de las numerosas que había, donde se reunían en pequeños grupos con sus muertos. También eran posibles las citas individuales, donde se podía compartir la hora con un solo muerto, en un pequeño cubículo que recordaba a los antiguos confesionarios. Los miembros de Nova Vida, además de las reglas de la religión a la que estuviesen adscritos, tenían que cumplir otras reglas. Quizás la más practica era que el tiempo que podían dedicar a las redes sociales, juegos virtuales y derivados se limitaba a 1 hora al día, y al sistema le fue sencillo controlar que se respetaba esta regla.

Esa no era la versión de la historia que yo tenía. Sin embargo, cuando reflexioné me di cuenta de que encajaba con el mundo que estaba viviendo.

  • Si lo que has contado —le dije— lo saben los transcientíficos, ¿cómo es que colaboran y no pierden la fe?
  • La mayoría de los transcientíficos, antes de ingresar en Nova Vida, pertenecían a Los Incrédulos como tú. Lo importante era recuperar la creencia en valores que permitiesen mantener a la sociedad ¿qué importa si para ello hemos de utilizar creencias muy arraigadas en los seres humanos?

Me quedé meditabundo, y me vino una vez más el recuerdo de Elisa ¡me parecía tan real! ¿qué importa si era real o una simulación si es imposible percibir la diferencia? Y esto no solo es aplicable a Elisa: si no se puede distinguir lo que es real de lo que no lo es, ¿qué es la realidad? Miré a mi tutor y le pregunté:

  • ¿Cómo ha podido Elisa responderme a preguntas que solo conocíamos ella y yo? Me parecía tan real.

Su respuesta me dejó atónito:

  • La Elisa con la que has participado en este juego está viva, no es ninguna ilusión; tu accidente fue también un montaje; es una de las estratagemas que seguimos para captar a Los Incrédulos.

Inicialmente me sentí engañado, pero luego experimenté una inmensa alegría: ¡la próxima vez que viese a Elisa sabría que es real! Además, sentí un alivio, aún podía percibir la realidad. Todavía tuve tiempo para realizarle a mi tutor algunas preguntas.

  • Incluso en un mundo digital hay tareas físicas que no son posibles sin participación humana, como es el manteniendo y el diseño de nuevas máquinas ¿Cómo se puedo suplir esta carencia?
  • Aquí LED tuvo un importante papel —me replicó el tutor—. Consiguió que las maquinas se fuesen mejorando así mismas y este proceso aún continua. Dice que no tardaremos mucho en que las máquinas puedan replicarse y mejorarse sin intervención humana.

Me sobrecogí al darme cuenta de que algún día las maquinas podrán comportarse como un sistema biológico que se automantiene.

  • ¿Qué papel desempeñaremos entonces los humanos? — inquirí.
  • Tendrás que preguntárselo a LEP.
  • Pero ¿quién es LEP?
  • Eso lo tendrás que adivinar tú — me dijo.

Tardé en encontrar la respuesta y creo que ya la sé, y no es nada tranquilizadora.

 

Este relato de “ciencia novelada” nos lo envía Guillermo Sánchez León, Profesor en la Universidad de Salamanca y autor de más de 100 artículos y ponencias,  algunos de divulgación científica que podéis encontrar en su web. Guillermo ha escrito además varios artículos en Naukas que podéis disfrutar en el siguiente enlace.



Por Colaborador Invitado
Publicado el ⌚ 26 diciembre, 2018
Categoría(s): ✓ Ciencia ficción