¿Hay finalidad en el universo?

Que no se me inquieten los lectores. En este artículo no voy a tratar de la espinosa cuestión de si el universo tiene una finalidad o propósito, ni tampoco de si ese supuesto propósito exigiría la existencia un Ser Supremo Inteligente. Me conformo con considerar una cuestión más elemental, aunque no por ello menos debatida: ¿hasta qué punto es útil —o incluso necesario— considerar la finalidad como principio explicativo de las diversas realidades, animadas e inanimadas, naturales y artificiales, que encontramos en el universo? Empecemos…

El mecanicismo y el rechazo de la finalidad

El nacimiento de la ciencia moderna en el Renacimiento está marcado por el rechazo al principio de finalidad en la comprensión del universo; un principio que, por otra parte, constituye como la piedra angular de la filosofía aristotélica. Para la ciencia moderna, en cambio, la búsqueda de explicaciones finalistas es estéril, porque explicar, lo que se dice explicar, no explican nada. En palabras de Francis Bacon (1561-1626), tan frecuentemente citadas [1]: nam causarum finalium inquisitio sterilis est, et, tanquam virgo Deo consecrata, nihil parit (“la investigación de las causas finales es una cosa estéril, no parirá nada, igual que una virgen consagrada a Dios”). El método científico-experimental nace rechazando todo tipo de explicaciones no verificables, especialmente las explicaciones basadas en el principio de finalidad, que a menudo se asimilan a explicaciones míticas. De acuerdo con esta nueva forma de pensar, la ciencia puede descubrir las leyes que gobiernan los fenómenos de la naturaleza, pero no puede descubrir ningún propósito o finalidad más allá de esas leyes. Esta idea bien entendida, como ya argumenté en mi primera serie de artículos, es correcta en sí misma: es cierto que el conocimiento de la finalidad está más allá de lo que puede lograrse con el método científico-experimental en sentido estricto.

Esta autolimitación metodológica de la ciencia, perfectamente legítima, fue adoptada sin embargo como un principio metafísico fundamental por la filosofía mecanicista, con su tesis de que la finalidad no es más que una ilusión subjetiva. Si el conocimiento científico no es capaz de encontrar finalidad en la naturaleza, entonces es que no hay verdadera finalidad en ella. Lo paradójico del caso es que este planteamiento desemboca en un divorcio entre la ciencia y la tecnología modernas, a pesar de que ambas comparten un mismo origen histórico. En efecto, la tecnología no puede entenderse sin el principio de finalidad: entender el propósito es esencial para comprender los artefactos humanos, puesto que los artefactos se definen principalmente por su propósito o finalidad, que resulta ser además el principio de su diseño y la guía para su construcción. Pero si toda finalidad es ilusión subjetiva —es decir, proyectada desde la mente hacia la realidad—, entonces la tecnología no es conocimiento objetivo ni puede ser estudiada científicamente. Quizás sea cierto que el principio de finalidad es estéril cuando se trata de comprender lo que de hecho ocurre en la naturaleza; sin embargo, pienso que este mismo principio es esencial para comprender lo que debe ocurrir en los artefactos humanos.

Pero sigamos con el mecanicismo. De modo simplificado, el mecanicismo sostiene que las únicas fuerzas o causas que operan en la naturaleza son las interacciones físicas, y ellas solas bastan para explicar todo lo que ocurre: todo lo que existe, incluidos los seres vivos, son sistemas mecánicos, y nada más. El mecanicismo, como postura filosófica, hunde sus raíces en los atomistas griegos como Leucipo y Demócrito (siglo V antes de Cristo), y tuvo un gran desarrollo en la filosofía moderna principalmente a través de los escritos de René Descartes (1596-1650) y Thomas Hobbes (1588-1679), hasta llegar a la famosa formulación de Pierre Simon de Laplace (1749-1827) [2]:

Podemos considerar el estado actual del universo como el efecto del pasado y la causa del futuro. Un intelecto que en un momento dado conociera todas las fuerzas que animan la naturaleza y las posiciones de todos los seres que la componen, si fuera tan vasto como para analizar estos datos, podría condensar en una sola fórmula el movimiento de los mayores cuerpos del universo y el del átomo más ligero; para tal intelecto nada podría ser incierto y el futuro tal como el pasado estaría ante sus ojos.

Como vemos, el mecanicismo considera que es innecesario recurrir a las causas finales para explicar el universo. Y, sin embargo, no deja de ser curioso, incluso paradójico, que se llame “mecanicismo” a una filosofía que nace y vive de prescindir de las causas finales, cuando no hay nada que se entienda menos sin las causas finales que un mecanismo. Repito: un mecanismo, cualquier artefacto, no se entiende sin comprender para qué sirve. Como dice un gran escritor, cuyas palabras tal vez recuerde el lector [3]:

Para ver una cosa hay que comprenderla. El sillón presupone el cuerpo humano, sus articulaciones y partes; las tijeras, el acto de cortar. ¿Qué decir de una lámpara o de un vehículo? El salvaje no puede percibir la biblia del misionero; el pasajero no ve el mismo cordaje que los hombres de a bordo.

Para ver una cosa hay que comprenderla. Borges, siempre tan sugerente.

No podemos comprender un artefacto si no comprendemos su finalidad. Si nosotros no estuviéramos aquí, si la civilización humana hubiera desaparecido, y llegaran unos extraterrestres gelatinosos, y apareciera uno por el salón de mi casa, no podría entender el mobiliario, las sillas, mesas, sillones y estanterías, porque el mobiliario sólo se entiende si se conoce primero el cuerpo humano. Ni siquiera verían, propiamente hablando, cada uno de los elementos del mobiliario, como elementos diferenciables. Para ver una cosa hay que comprenderla. Y comprenderla es entender para qué sirve, su propósito o finalidad.

Tres niveles de finalidad

El estudio de la finalidad se ha denominado clásicamente teleología (del griego τέλος, telos: ‘fin’, ‘objetivo’ o ‘propósito’). Huelga decir que no debe confundirse con la teología (aunque históricamente esta última se haya apoyado con frecuencia en argumentos teleológicos para tratar de demostrar la existencia de Dios). Antes de continuar, y siguiendo a Alfredo Marcos [4], pienso que es útil distinguir tres niveles de actividad donde podemos hablar de algún tipo de finalidad o teleología:

  • Actividades teleomáticas: se refieren a aquellos procesos, a menudo irreversibles, en los que resulta un estado final sin que sea relevante el hecho de que las entidades implicadas estén o no vivas, o sean o no fruto de un proyecto. Ejemplos: procesos sometidos a la fuerza gravitatoria, el aumento de la entropía, la inexorable desintegración radiactiva… El estado final (ya sea el punto más bajo en la caída de un cuerpo, el equilibrio termodinámico, etc.) es el resultado de las tendencias que se hallan de modo intrínseco en el propio sistema mecánico. Decimos que el sistema “tiende a” un determinado estado o fin, pero de modo automático, no consciente, de ahí el término teleomático (que procede del biólogo evolutivo Ernst Mayr). Notemos además que “tendencia” es una de las palabras estrechamente relacionadas con la noción de finalidad.
Tendencia a caer en un pozo de potencial

 

  • Actividades teleonómicas: en este caso el estado final se alcanza en virtud de la estructura u organización interna de las entidades implicadas. Son los procesos que encontramos típicamente en los seres vivos, tales como el mantenimiento de la homeostasis (el equilibrio interno frente al medio externo) o la ontogénesis (el desarrollo del organismo hasta su maduración). La actividad en cuestión está sometida a control por el propio sistema u organismo, cuya estructura denota que éste se dirige a un fin (la autoorganización y autoconservación). El término teleonomía fue utilizado por primera vez en 1958 por Colin Pittendrigh para evitar connotaciones subjetivistas y antropomórficas; tuvo éxito y fue utilizado con profusión por ejemplo por Jacques Monod en El azar y la necesidad [5]. En el propio ámbito de la biología no solo encontramos actividades teleonómicas, sino también procesos de carácter teleomático, tales como los procesos de mutación y deriva genética.

 

  • Actividades propiamente teleológicas: las que son fruto del comportamiento con un propósito consciente. Aquí entran las acciones humanas libres y también, de modo incluso más evidente, las entidades artificiales (artefactos) que han sido conscientemente diseñadas (podemos decir, con toda intención) para que cumplan una determinada función. El término ‘intención’ está semánticamente relacionado con ‘entender’, de ahí que la teleología se asocie con la inteligencia consciente; pero también está relacionado con ‘tender’ y ‘tendencia’. De hecho, en la concepción clásica aristotélica la teleología abarca estos tres niveles, no solo el último, por lo que es un error asociar de modo necesario teleología (en sentido amplio) con propósito consciente.

Marcos resume así los tres niveles: “Todos los sistemas físicos realizan actividades teleomáticas. Un subconjunto de los mismos, a saber, los seres vivos, además, realizan actividades teleonómicas. Un subconjunto de estos últimos, los seres vivos conscientes, son capaces de actividad teleológica”.

Causa y explicación

Como he dicho antes, el principio de finalidad es uno de los elementos fundamentales de la filosofía aristotélica, y como tal fue fuertemente rechazado a partir del Renacimiento por considerar que recurría a explicaciones impropias de la nueva ciencia. Sin embargo, aun siendo cierto que la ciencia no puede admitir explicaciones míticas, considero que en este rechazo subyace un grave malentendido de la noción de causa en Aristóteles (384-322 a.C.). No estoy empeñado en recuperar a Aristóteles a toda costa, y me da igual si sus causas son tres, cuatro o cinco, o si se llaman de una forma o de otra. No obstante, trataré en lo que sigue de aclarar algunas ideas aristotélicas que considero especialmente valiosas aún en nuestros días.

La teoría aristotélica de la causalidad distingue cuatro tipos de causas: material (de qué está hecho algo), formal (cómo está estructurado), eficiente (qué lo ha producido) y final (para qué existe). Lo primero que conviene indicar es que Aristóteles explica las cuatro causas en un contexto tecnológico o artesanal: el carpintero que fabrica una mesa de madera o el artesano que hace una estatua [6]. Es muy importante entender que no se trata de cuatro causas independientes, ni alternativas: no hay materia que no esté estructurada, ni estructura que no esté materializada, etc. Precisamente por eso es un error muy grave pretender que, cuando la causa eficiente “se queda corta”, hay que recurrir a la causa final, como hacen algunas formulaciones del argumento teleológico (me refiero al Diseño Inteligente, claro está). El hecho de que un artefacto tal como una ratonera tenga una estructura y finalidad perfectamente definidas, e indispensables para comprender su funcionamiento, no disminuye un ápice su completo sometimiento a las leyes de la física. La causa final no opera “a continuación” o “en lugar de” de la causa eficiente, sino a la vez, en todo momento, y de modo complementario. De hecho, es incorrecto decir que la causa final “opera”, porque operar es lo propio de la causa eficiente.

Ratonera: cuatro causas/explicaciones complementarias, no alternativas

Y así llegamos a lo que pienso que es el núcleo de la dificultad moderna para entender la teoría aristotélica de la causalidad (la dificultad que yo mismo tuve que superar). Y es que no podemos ignorar que el término ‘causa’ ha sufrido un importante desplazamiento de significado en el lenguaje moderno. Con el rechazo a la finalidad como categoría causal aceptable, por obra de Bacon y Descartes, actualmente entendemos como causa solo la causa eficiente (ni siquiera nos resulta natural decir que la estructura o la materia son causas). La causa eficiente es la que opera, la que se manifiesta en interacciones físicas. Y así, puesto que, efectivamente, la finalidad no es física, ni interactúa físicamente, queda claro que no puede ser causa (en el sentido moderno = causa eficiente).

Por eso resulta más pertinente hablar de explicación en lugar de causa, respetando por otra parte el significado original del término griego utilizado por Aristóteles (αἰτία, aitia), que hoy día resulta oscurecido cuando se traduce unívocamente por el término latino ‘causa’, precisamente por la reducción semántica moderna de este último término a ‘causa eficiente’ [7]. Así pues, hablando en lenguaje moderno no se trata de cuatro causas, sino de cuatro explicaciones complementarias. Dicho así, es mucho más fácil de entender y transmite mejor lo que quería decir Aristóteles.

Aplicando esta idea al contexto tecnológico —recordemos, el contexto original de la teoría aristotélica— no debería suponer ninguna dificultad afirmar que la finalidad es la explicación del funcionamiento del artefacto (o sea, su causa). A mi modo de ver, lo interesante de este planteamiento es que la finalidad no es un componente físico de la máquina: la finalidad no interactúa con los otros componentes. La finalidad de la ratonera no interactúa con el muelle. La finalidad no ejerce ningún tipo de fuerza por contacto, o a distancia, sobre los elementos de la máquina; y, por supuesto, la estructura —que es la causa o explicación formal— tampoco interactúa con ellos. Y, sin embargo, como ya he dicho, la finalidad y la estructura son esenciales para comprender —para explicar— qué es una máquina en general, y qué es esta máquina en concreto. La finalidad y la estructura influyen en el funcionamiento de un artefacto; pero, obviamente, no interactúan físicamente con sus elementos. Finalidad y estructura son causa, es decir, explicación.

¿Es la finalidad una ilusión subjetiva?

En una de las pocas referencias a la tecnología que se encuentran en el trabajo de Karl Popper, se señala que cada artefacto refuta por sí mismo una teoría: aquella en la que el artefacto es imposible [8]. Por lo tanto, la existencia misma de los artefactos refuta la teoría de que no hay finalidad en el universo —es decir, la concepción mecanicista— porque cada artefacto es obviamente una estructura finalizada. Podría todavía argumentarse, aferrándose a la tradición baconiana y kantiana, que la finalidad, en tanto que explicación, es una proyección subjetiva de la mente, pero que no está como tal en los entes naturales. Es decir, que la teleomática y la teleonomía son meras explicaciones subjetivas o modelos mentales de lo observado, sin correlato real. Honestamente, me parece que aquí hay un punto difícil de refutar, aunque no deja de ser sorprendente que logremos encontrar racionalidad en un universo que supuestamente no es, en sí mismo, racional.

En cambio, aun concediendo que la finalidad fuera una ilusión en la naturaleza, me parece mucho más difícil sostener esta misma postura en relación con la teleología de los artefactos. Ciertamente, el peso de nuestra tradición de pensamiento continúa restringiendo el alcance de la verdadera causalidad al de la causalidad eficiente y natural. Y así, si los artefactos tienen un propósito, es solo porque se lo atribuimos por la forma en que los usamos: no hay diferencia esencial entre construir un bastón y usar, para caminar, una rama encontrada casualmente. En un ejemplo más extremo, no habría tampoco una diferencia esencial entre el aprovechamiento de la fuerza de los caballos de tiro, y la fuerza de los caballos de una máquina de vapor. No obstante, aun si las leyes de la termodinámica y su forma particular de causalidad se encuentran en la naturaleza, el funcionamiento de una máquina de vapor depende no solo de ellas, sino también de la estructura y el propósito con que la máquina se construyó. Igualmente, el electromagnetismo es un fenómeno natural, pero el funcionamiento de una computadora electrónica no puede ser explicado, es decir, causado, exclusivamente mediante el electromagnetismo.

Máquina de vapor de Watt, E.T.S. de Ingenieros Industriales de Madrid
¿Atribución subjetiva de finalidad?

Esta restricción metafísica de la causalidad a la causalidad eficiente contradice la experiencia inmediata de que los artefactos poseen una verdadera causalidad final (es decir, diseño, propósito), más allá de la forma efectiva en que sean usados. La finalidad del artefacto es real, en el sentido de que está verdaderamente implementada en él, y lo ha configurado tal como es. Es cierto que puedo usar un artefacto de muchas maneras que pueden tener poco que ver con su concepción original; pero para entenderlo tal como es tengo que comprender su finalidad primera. No basta con decir que esos fines artificiales están como “por encima” del universo material; además, “estar por encima” no significa “no ser real”, a menos que uno suponga a priori que lo único real en el universo es la materia, y que la única forma de ser real es ser material. Negar esta realidad de los fines implicaría que las entidades artificiales no son “reales”, ni se puede hacer verdadera ciencia sobre ellas, sobre su estructura y finalidad. En definitiva, pienso que restringir la finalidad de los artefactos a mera atribución subjetiva de propósito, como pretendía Inmanuel Kant (1724-1804) [9], es bastante superficial, tal como manifiestan los ejemplos del bastón para caminar, la máquina de vapor, y la computadora electrónica.

Para terminar, dejo al lector con la siguiente pregunta, que espero resulte inquietante (al menos lo es para mí): si los humanos no somos más que seres materiales, es decir, el resultado de un proceso natural sin finalidad de ningún tipo… ¿cómo es posible que seamos capaces de construir artefactos finalizados y, lo que es más importante, cómo es posible que seamos capaces de autodeterminarnos hacia los fines que elegimos nosotros mismos?

 

Este artículo nos lo envía Gonzalo Génova, profesor de la Universidad Carlos III de Madrid. Aparte de mis clases de informática, también imparto cursos de humanidades en los que trato temas de filosofía de la tecnología y pensamiento crítico.

Además de usar las redes sociales de Naukas, si quieres comentar y debatir más a fondo puedes visitar mi blog De máquinas e intenciones (reflexiones sobre la tecnología, la ciencia y la sociedad), donde esta entrada estará disponible en un par de días. Para un desarrollo más técnico de las ideas expuestas aquí, ver la referencia [10], que escribí en estrecha colaboración con Ignacio Quintanilla.

NOTAS

[1] Francis Bacon (1623). El avance del saber (De Augmentis Scientiarum), III, 5.

[2] Pierre Simon de Laplace (1814). Essai philosophique sur les probabilités.

[3] Jorge Luis Borges (1975). There Are More Things. En El libro de arena. Buenos Aires: Emecé.

[4] Alfredo Marcos (1992). Teleología y teleonomía en las ciencias de la vida. Diálogo filosófico 22:42-58

[5] Jacques Monod (1970): El Azar y la Necesidad. Barcelona: Tusquets.

[6] Aristóteles. Física II, 3 y Metafísica V, 2.

[7] Andrea Falcon (2015). Aristotle on Causality. The Stanford Encyclopedia of Philosophy.

[8] Karl Popper (1984). Sociedad abierta, universo abierto. Conversación con Franz Kreuzer. Madrid: Tecnos, p. 41.

[9] Ignacio Quintanilla (1998). Tecnología y metafísica: ¿hacia el final de una era kantiana? Diálogo Filosófico 40:27–44.

[10] Gonzalo Génova, Ignacio Quintanilla Navarro (2018). Discovering the principle of finality in computational machines. Foundations of Science 23(4):779–794. El manuscrito está accesible desde mi página académica personal.

Créditos de las imágenes

https://es.wikipedia.org/wiki/Jorge_Luis_Borges

https://es.wikipedia.org/wiki/Aristóteles

https://es.wikipedia.org/wiki/Máquina_de_vapor

https://eltrasterodemimente.wordpress.com/2013/08/07/el-raton-y-la-ratonera-2/

Elaboración propia



Por Colaborador Invitado
Publicado el ⌚ 16 enero, 2019
Categoría(s): ✓ Divulgación • Historia