Los perros hamster

Que el ser humano ha utilizado a los perros en múltiples oficios no es ninguna novedad. Es incluso posible que la propia domesticación de este animal se produjera como consecuencia de sus habilidades como guardián: tener algunos canes cerca del poblado en caso de que tribus hostiles o fieras hambrientas se acercasen era un servicio que bien justificaba compartir las sobras con unos cuantos chuchos.

Fuese como fuese el proceso de la domesticación canina, el número de funciones que los perros nos ofrecen es tremendamente extenso: guardianes, cazadores, antidroga, rescate en montaña, soporte emocional para enfermos, etc. Sin olvidar otros servicios, menos amables con la comunidad, pero que tuvieron su lugar en la historia como su participación en las guerras, combatientes en peleas, también se usaron para mutilar a prisioneros y, aquél del que nos vamos a ocupar hoy y que podríamos denominar como perro hámster.

Situémonos en la Inglaterra del siglo XVI, la carne de vacuno era altamente apreciada. Resultaba ser muy costosa y como tal se requería que fuese cocinada con esmero. Según el naturalista sueco Pehr Kalm’s, que visitó el país en aquella época, la afición de los ingleses por la carne asada de vacuno no tenía parangón en el continente. Las tabernas de la época adquirían grandes piezas cárnicas para asarlas y ofrecerlas a sus clientes. También las cocinas de los nobles necesitaban de estos cortes para sus fiestas.

Asar bien la carne es un proceso lento, laborioso que obliga al que lo hace a pasar horas pegado al fuego. Supone además girar constantemente la estaca que empala el bocado de tal suerte que se cocine bien por todas partes. Las crónicas cuentan que al principio los encargados de esta tarea eran muchachos jóvenes, pero el trabajo era tremendamente cansado, en un ambiente lleno de humos y con frecuentes quemaduras en las manos para acabar ingresando unos pocos peniques.

No, la solución pasaba por encontrar algún mecanismo que permitiese girar las viandas de un modo automático. Evidentemente los motores no se habían inventado aún, así que la solución la encontraron algunos meseros en el desarrollo de unas ruedas, huecas en su interior, que alojarían un pequeño perro. El can era obligado a correr en la rueda, como un hámster, de tal suerte que el giro, mediante un sistema de correas, propagaba el movimiento rotatorio a la pieza cárnica que se estaba asando en ese momento.

Perro encerrado en una rueda que debe impulsar para que, con un sistema de poleas, la carne gire y se ase homogéneamente

El trabajo era duro, obligaba al animal a correr durante horas, en un ambiente muy cargado, caluroso y, por tanto, insalubre. Si el mesón tenía éxito y abría largas jornadas, dos eran los perros encargados, por turnos, de tener las viandas bien preparadas. Si en algún momento el can paraba o era reticente a impulsar la rueda a la velocidad adecuada, se le “estimulaba” arrojándole una brasa ardiente a los pies.

Único ejemplar que se conserva de esta raza de perros conocido en Inglaterra como turnspit dog

Ya se menciona esta raza en 1576 en uno de los primeros libros escritos sobre perros y el propio Shakespeare los nombra en su Comedia de los Errores en la que describe a un personaje como “uno de esos perros útiles sólo para girar la rueda”, corta frase en la que queda patente la miserable existencia que llevaban estos canes.

El propio Linneo, el padre de la taxonomía, los denominó como Canis vertigus o perros mareados, debido a su función, uncidos de por vida a una rueda. También fueron utilizados en molinos, almazaras e incluso un inventor francés trató de crear una máquina de coser impulsada a base de la fuerza motriz de estos perros.

Esta práctica fue común en Inglaterra entre los siglos XVI hasta inicios del S XX y llegó a ser exportada a Alemania y Norteamérica. La llegada de la electricidad puso fin a la necesidad de girar las ruedas a base de músculo y a día de hoy esta raza está extinguida, aunque sus genes parece que se conservan aún en algunas variedades de terrier y en el Welsh Corgi.

Ejemplar de Welsh Corgi, se cree que esta raza conserva genes del turnspit dog. Obsérvense las patas cortas, claro ejemplo de condrodisplasia o enanismo.

Y es que el propio Darwin se refirió a esta raza como un ejemplo vivo de que el ser humano puede intervenir en la selección de los animales para un uso concreto. Los perros seleccionados para este fin debían ser necesariamente pequeños para caber en la rueda. Así que tener patas cortas era imprescindible. También se seleccionaron canes de patas cortas para cazar animales en sus madrigueras. De este modo, además del propio perro hámster (turnspit dog) aparecieron otras razas como el Welsh Corgi, el Dachshund, el Basset hound o el pekinés. Es un ejemplo de como una mutación recesiva común a todas estas razas producida por primera vez en un ancestro común, es seleccionada y mantenida en una población doméstica. En este caso, el gen de la condrodisplasia o enanismo que provoca la calcificación temprana de las placas de crecimiento de los huesos largos. Al calcificarse se interrumpe el crecimiento, dando lugar a ejemplares que presentan las patas cortas.

Los días de fiesta de guardar, a los perros de las tabernas se les llevaba a misa. No, no era una actitud piadosa por parte de los dueños, en el recinto sagrado también cumplían una función: calentar los pies de sus dueños en las frías y húmedas iglesias. Cuenta un cronista de aquellos tiempos que un reverendo hizo mención en su prédica al libro de Ezequiel en la que mencionó una visión del profeta en la que vio una “rueda”. Al oír esta palabra, los perros se levantaron y abandonaron el recinto sagrado a la carrera. Tal era el pavor que sentían al escuchar la palabra que les obligaba a correr, sin dirección alguna, en una rueda sin fin.

Aunque algunos nobles tuvieron algunos de estos perros como animales de compañía –la propia reina Victoria tenía tres- una vez dejaron de ser útiles en el negocio de la restauración, la raza se perdió. Hoy quedan algunos dibujos y un ejemplar embalsamado en el museo de Abergavenny, en Gales.

 

Este artículo nos lo envía Juan Pascual (podéis seguirlo en twitter @JuanPascual4 o linkedn). Me licencié en veterinaria hace unos cuantos años en Zaragoza y he desarrollado mi vida profesional en el mundo de la sanidad animal, de ahí mi interés en divulgar lo que los animales aportan a nuestro mundo actual. Soy un apasionado de la ciencia. Creo que es fundamental transmitir el conocimiento científico de una manera sencilla para que los jóvenes se enganchen pronto y para que la sociedad conozca más y mejor lo mucho que la ciencia aporta a nuestro bienestar. Viajar es otra de mis pasiones junto con la literatura, que no deja de ser otro modo de viajar.

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Referencias científicas y más información:

David J. Eveleigh (1990) ‘Put down to a clear bright fire’: The English Tradition of Open-Fire Roasting, Folk Life, 29:1, 5-18

Stanley Coren. The pawprints of history. Ed Atria 2003

Juliette Cunliffe. The Encyclopedia of dogs. Parragon publishing 2003

Heidi G. Parker. An Expressed Fgf4 Retrogene Is Associated with Breed-Defining Chondrodysplasia in Domestic Dogs. Science. 2009 Aug 21; 325(5943): 995–998.

https://www.saveur.com/turnspit-dog-kitchen-appliance

https://www.ranker.com/list/history-of-turnspit-dogs/genevieve-carlton

https://www.npr.org/sections/thesalt/2014/05/13/311127237/turnspit-dogs-the-rise-and-fall-of-the-vernepator-cur

https://www.atlasobscura.com/articles/the-best-kitchen-gadget-of-the-1600s-was-a-small-shortlegged-dog



Por Colaborador Invitado
Publicado el ⌚ 22 enero, 2019
Categoría(s): ✓ Biología • Genética