Luchando contra la superstición en la China clásica

Por Alfonso Araujo, el 22 febrero, 2019. Categoría(s): Historia • Personajes
Publicidad
El erudito Wang Chong, s. II

La lucha contra la superstición ha existido casi desde que existen las supersticiones. En Occidente tenemos una larga, venerable y bien documentada tradición de escépticos: en la Grecia Clásica, Leucipo (s. V aC) y Demócrito (460–370 aC) ya proponían esbozos embrionarios de la teoría atómica que no requería de intervenciones sobrenaturales. La estafeta fue pasada y continuó con Epicuro (341–270 aC) y Lucrecio (99–55 aC), que ya proponían doctrinas materialistas mucho más sofisticadas y que dicen explícitamente que “el estudio de las causas naturales es antídoto contra la superstición.”

Esta tradición continuó con más o menos ímpetu a lo largo de los siglos, hasta estallar de nuevo en el Renacimiento, la Ilustración y con mucha más fuerza desde mediados del siglo XIX. El ilusionista Harry Houdini se hizo famoso desenmascarando médiums y otros charlatanes, y en tiempos recientes la batuta fue tomada por el lado científico por Carl Sagan, y por el lado espectacular por gente como el mago James Randi y los ilusionistas Penn & Teller. Hoy, en la era del internet, tenemos un sinnúmero de científicos, filósofos, divulgadores y artistas dedicados en mayor o menor medida a la propagación del razonamiento científico y en contra de las supersticiones más dañinas.

Sin embargo, al mismo tiempo ha habido una explosión en el interés por “conocimientos ancestrales” —a veces englobados por el término New Age— y mucho de ese interés hace énfasis en tradiciones de Asia. Por esto mismo, tendemos a pensar que en Oriente la tradición del escepticismo no tiene la misma fuerza que en Occidente. Esto no es cierto; el exotismo no proviene de otra cosa más que de nuestra falta de familiarización con su historia.

La tradición materialista de la India comenzó más o menos al mismo tiempo que la de la Grecia Clásica, en el s. VI aC, con la escuela Charvaka. Esta escuela también propuso una versión de atomismo que luego fue incorporada a varias corrientes de budismo y jainismo. En China el pensamiento proto-científico tardó un poco más en desarrollarse, pero no por eso es menos interesante. Veamos algunos casos:

 

Taoísmo (s. VI aC)

El taoísmo tiene una historia compleja: Lao Tse dictó el famoso Libro del Tao (Tao Te Ching), que si bien contiene referencias a un principio cósmico inalcanzable, no pierde mucho tiempo en establecer que estamos ante un agnosticismo eminentemente práctico y cuyo enfoque es la aplicación a la vida humana. Sus consejos se reducen, en lo más esencial, a entender el funcionamiento del mundo y actuar en consecuencia. Desafortunadamente, esta concepción práctica se fundió con un sinfín de tradiciones sobrenaturales anteriores a ella y fue creando una compleja amalgama ritual que por un lado propició nuevas supersticiones, y por otro impulsó el estudio de la metalurgia y la química con su alquimia primitiva. Sin embargo, a lo largo de la historia tuvo un sinfín de críticos de sus prácticas más perniciosas, equivalentes a la búsqueda de la piedra filosofal por sus pares europeos y que frecuentemente resultaban en envenenamientos.

 

Di Wulun (s. II)

En tiempos de la Dinastía Han Oriental (25–220) vivió el letrado y oficial Di Wulun, hombre práctico y convencido de que debía mejorar la vida de los campesinos como su deber más alto. Cuando fue nombrado regente del distrito de Kuaiji, de inmediato se puso a inspeccionar la situación de la gente. Horrorizado, se dio cuenta de que los campesinos, simples e inocentes en sus creencias, estaban a la merced de gran cantidad de chamanes y hechiceros de un taoísmo degenerado, que insistían en que se realizaran sacrificios de reses porque eran necesarios para la buena ventura. Los pobres granjeros, espantados de no poder ofrecer los rituales, tenían que endeudarse o hasta matar a sus propios animales de trabajo para poder realizar las ofrendas que les pedían los infames magos.

Viendo esta terrible situación que arruinaba a familias enteras, Di Wulun de inmediato prohibió todos los sacrificios de reses y volvió a instaurar los sencillos ritos antiguos, con ofrendas de agua dulce y hierbas.  Al principio la gente se asustó, pero Di Wulun no se dejó intimidar y decretó un edicto oficial para que se detuviera de tajo este tipo de práctica y además se castigara o expulsara a los brujos responsables de tanta miseria. Si bien el magistrado Di no fue impulsor de ninguna escuela de pensamiento novedosa, sí ejemplifica la constante pugna de muchos letrados por poner un alto a las supersticiones que objetivamente dañaban la vida de la gente.

 

Wang Chong (27–100)

Wang Chong fue un famoso pensador de la Dinastía Han Oriental. A los catorce años pasó los exámenes provinciales con tan altas calificaciones que de inmediato fue escogido para continuar sus estudios en la capital del imperio, Luoyang. Dice la historia que al poco tiempo de empezar, Wang había ya devorado todo el material de estudio del primer año, y se pasaba su tiempo libre en los mercados de libros, buscando más cosas para leer. Wang se pasaba las horas de pie leyendo los libros que encontraba en los estantes de los vendedores, porque era demasiado pobre para poder comprarlos, hasta que un vendedor de libros, al ver su dedicación, le ofreció un banquillo que desde entonces se hizo de su uso particular.

Wang Chong escribió el Lun Heng, ó “Ensayos Críticos”, una obra enciclopédica en 30 volúmenes en donde hace un exhaustivo recorrido por temas de filosofía, ciencias naturales, mitología y literatura. En ella hace una propuesta de un materialismo completamente moderno y prefigura a Bacon por muchos siglos en su defensa de la experiencia como método de indagación. Lo más interesante: si bien usa las imágenes clásicas del “Cielo y la Tierra” en sus ensayos, no los usa de la forma metafísica propia del taoísmo, sino como esencias físicas que van de mayor a menor grado de sutileza. Su pensamiento estaba demasiado adelantado a su época y como no cabía en ninguna clasificación (confucianismo, taoísmo, legalismo) fue considerado como “heterodoxo” haciendo que fuera estudiado por pocos a lo largo de la historia.

 

Lu Xun (1881–1936)

Lu Xun vivió una época definitoria en la construcción de la China moderna. Las Guerras del Opio (1850s) y la constante intrusión de las potencias occidentales —más Japón y Rusia— habían acelerado el declive y la eventual caída de la última dinastía imperial en 1911. China se hallaba en plena crisis de identidad, con una mal fundada república que pronto se había fragmentado en poderes regionales. Los comunistas iban en ascenso y se rebelaban contra los nacionalistas, que tenían el control del gobierno formal; varios jefes militares extendían su influencia en grandes partes del territorio, y los intelectuales se hallaban amargamente divididos entre reformistas radicales, conservadores a ultranza y un sinfín de posturas intermedias. En medio de esta confusión, China quería hacer sentido del doloroso cambio de haber sido ese Imperio Central al que las naciones circundantes le rendían tributo, para convertirse en el ‘Hombre Enfermo de Asia’. El país era un hervidero de pensamiento, y en el caso de China fue disparado por el movimiento del Cuatro de Mayo de 1919: una respuesta social ante el tratado de Versalles en el que las potencias europeas victoriosas se repartían China por zonas.

Lu Xun creció viendo a su nación con su identidad perdida y tratando de ‘modernizarse’ sin hacer otra cosa que pedir prestados parches culturales que mal cabían en su realidad social, además de ser detenida por innumerables supersticiones y prácticas primitivas. De pensamiento liberal y simpatizante del comunismo, nunca se afilió al partido, sino que empezó a escribir cuentos y ensayos, y se convirtió no sólo en la voz y conciencia de su generación, sino en uno de los escritores más influyentes de la China moderna. En sus obras pinta escenas de la sicología de su pueblo de forma inmisericorde, describiendo con fino sarcasmo la falta de autocrítica y el estancamiento en nociones irracionales. Habiendo estudiado medicina, se ensaña ridiculizando muchas de las prácticas de la medicina tradicional. Uno de sus cuentos, “No temas a los fantasmas”, es una obra maestra no sólo de crítica abierta a la superstición, sino de crítica sutil hacia las actitudes que la fomentan.



 

Publicidad