Mitos y verdades sobre El origen de las especies de Charles Darwin

Por Colaborador Invitado, el 22 marzo, 2024. Categoría(s): Biología • Divulgación
El origen de las especies: mediante selección natural (Alianza Ensayo)

El origen de las especies mediante selección natural es una obra cumbre de la literatura y el saber universales y uno de los fundamentos de la biología moderna. Pero ¿cuántas personas han leído el volumen completo en inglés o en castellano? ¿Cuántas lo conocen de primera mano?

Desde luego, no es un texto corto ni de lectura veloz, pero sí debería resultar accesible a cualquiera con o sin formación científica que se interese por él. Darwin expone sus razonamientos y argumentos sin escatimar detalles, pero siempre en un lenguaje comprensible incluso cuando se trata de reflexiones enrevesadas. Durante la traducción de la obra a nuestro idioma, la minuciosidad de las explicaciones y descripciones plantea dificultades terminológicas que, una vez resueltas, se entienden sin dificultad. Encontramos ejemplos de ello en la detallada descripción de la estructura de una orquídea para desvelar la utilidad de cada una de sus partes para la fecundación de la flor; o en la exposición de las diferencias y similitudes entre las laminillas del pico de algunos patos y gansos y las barbas de algunos cetáceos; o en la explicación de los experimentos que realizó con semillas para comprobar su resistencia a la inmersión en agua de mar o con áfidos, hormigas y abejas para estudiar sus instintos. En este último caso impresiona no ya la meticulosidad con que se describe cómo consiguen las abejas construir panales de celdillas hexagonales sin que se superpongan unas a otras y sin que la labor de un individuo interfiera en el trabajo de otro, sino también el detalle con que se profundiza en la diversidad de hexágonos más o menos perfectos que fabrican diferentes especies de abejas.

Los amplios conocimientos sobre materias científicas muy dispares que manifiesta Darwin resultan abrumadores (botánica, zoología, mineralogía, geología), y llaman especialmente la atención los dos capítulos que dedica a la geología, donde indaga en la composición estratigráfica de algunos territorios, la formación de depósitos fosilíferos o las edades geológicas de la Tierra. En su sucinta Autobiografía[1], que él mismo califica como «esbozo de mi vida», declara: «Todavía no he mencionado una circunstancia que influyó más que cualquier otra en toda mi carrera. Se trata de mi amistad con el profesor Henslow […]. Poseía grandes conocimientos de botánica, entomología, química, mineralogía y geología». Exceptuando la química, estas son algunas de las disciplinas científicas que más afloran en El origen de las especies, junto con la taxonomía, la anatomía o la etología.

De Henslow fue también la carta que recibió Darwin el verano de 1831 para invitarlo a formar parte de la expedición del Beagle. El propio naturalista reconocería más tarde: «El viaje del Beagle ha sido, con mucho, el acontecimiento más importante de mi vida y determinó toda mi carrera […]. Siempre he pensado que debo a aquel viaje mi primera formación o educación intelectual auténtica»[2]. Había embarcado en el HMS Beagle como naturalista sin retribución y como acompañante del capitán Robert FitzRoy en diciembre de 1831, con 22 años y recién graduado en Cambridge, para efectuar un periplo de cinco años que lo llevaría por América del Sur, islas del Pacífico, Australia, Nueva Zelanda y África.

Son numerosas las circunstancias vitales que guiaron a Darwin hasta la confección de esta obra, pero es indudable que la expedición del Beagle fue un acontecimiento determinante para ello: «En julio [de 1837] abrí mi primer cuaderno de notas en busca de datos relacionados con El origen de las especies, asunto sobre el cual llevaba mucho tiempo reflexionando y en el que no dejé de trabajar durante los siguientes 20 años»[3]. En efecto, Darwin reunió datos, argumentos y cavilaciones sobre el origen de las especies durante buena parte de su vida, y publicó su obra magna en 1859, a la edad de 50 años. El resultado fue un volumen histórico que vale la pena leer y disfrutar.

Sin embargo, desde la publicación de mi traducción de El origen de las especies he conocido varios mitos o ideas preconcebidas sobre este volumen que no se corresponden con la realidad y evidencian el desconocimiento general que existe sobre él. La mayoría de la gente tiene una idea aproximada sobre su contenido, pero da la impresión de que pocas personas lo han leído de principio a fin.

Para entrar en estos detalles conviene aclarar antes de nada una cuestión primordial: de qué versión hablamos. Darwin modificó hasta en cinco ocasiones el manuscrito que publicó con John Murray en 1859 con el título On the Origin of Species by Means of Natural Selection, or the Preservation of Favoured Races in the Struggle for Life: «Aunque en las ediciones posteriores ha experimentado considerables añadidos y correcciones, ha seguido siendo sustancialmente el mismo»[4]. La última de ellas, publicada en 1872, incluyó un capítulo nuevo dedicado a exponer y rebatir las objeciones que había recibido, en especial, por parte de George Mivart (el capítulo VII), así como un glosario confeccionado por William Sweetland Dallas. Esta es la versión más acabada, la sexta edición inglesa, la que Darwin consideró definitiva. De ahí que esta sea la que más se ha traducido a otros idiomas, la más conocida y estudiada y, por tanto, también la que tomé para elaborar la traducción al castellano recién publicada en Alianza Editorial[5].

Algunos de los mitos que circulan sobre esta obra guardan relación con algunos de esos retoques destinados a dar respuesta a las objeciones planteadas por coetáneos de Darwin y a explicar u ordenar mejor sus reflexiones. Veamos los más frecuentes y repetidos.

El primero que abordaré aquí es de carácter general y corresponde a la creencia muy extendida de que se trata de una obra técnica, accesible tan solo a especialistas en las materias tratadas. El origen de las especies conforma, según muchas opiniones, la terna de libros científicos que más han influido en el pensamiento universal, junto a Sobre las revoluciones de los orbes celestes, de Nicolás Copérnico, y Principios matemáticos de la filosofía natural, de Isaac Newton. Es más que cierto que las obras de Copérnico y Newton son extremadamente técnicas, prolijas y especializadas. Sin embargo, el volumen de Darwin destaca en este trío justo por lo contrario. Darwin quiso preparar un texto capaz de llegar al público general con la intención de difundir su nueva teoría mucho más allá de los círculos especializados. Su público lector inicial lo conformó todo tipo de personas interesadas en la materia, amistades y familiares, lo que explica la rapidez con que se agotó la primera edición (el mismo día de su publicación) y los índices de ventas que alcanzó el volumen en ediciones sucesivas. Además, Charles Darwin nunca dejó de pedir a su editor, John Murray, que abaratara el precio de cada nueva edición introduciendo cambios de formato, papel y encuadernación con el fin de hacerlo accesible al público más amplio posible. Este fue el objetivo que persiguió también la inclusión del glosario de Dallas en la sexta y última edición modificada por el autor.

Es posible que esta creencia tan extendida sobre este volumen se deba al estilo decimonónico de Darwin, no siempre fácil de seguir, pero no se fundamenta en absoluto en la complejidad científica ni el nivel de especialización del texto. A esto se suma que las traducciones disponibles hasta ahora para el mundo hispanohablante añadían al estilo un tanto alambicado de Darwin las dificultades de unos textos muy literales, demasiado aferrados al inglés original, lo que introduce una capa más de dificultad que no es de carácter técnico, sino de mero estilo. La nueva traducción se ha elaborado con criterios más modernos y un estilo más natural que contribuirá a disipar el mito de la complejidad intrínseca de esta obra.

Otra de las creencias más extendidas es que las variedades de pinzones de las Galápagos ocupan buena parte de este volumen. Lo cierto es que solo se nombran dos veces y de manera muy accidental. Ambas menciones se encuentran dentro del apartado del capítulo I dedicado al análisis de las razas de palomas domésticas, obtenidas a través de una lenta y sucesiva selección de la paloma común o bravía (Columba livia) por parte del ser humano desde tiempos antiguos. Así, en la página 78 de la nueva traducción se lee: «La volteadora de cara corta tiene un pico con un perfil casi igual al del pinzón»[6]. Y en la página 84, a modo de conclusión para cerrar este epígrafe, se dice: «He analizado el origen probable de las palomas domésticas con cierta extensión, aunque bastante insuficiente, porque cuando tuve palomas por primera vez y observé los diversos tipos siendo buen conocedor de la invariabilidad con la que se reproducen, me resultó muy difícil creer que proceden todas de un precursor común desde que fueron domesticadas, tal como le ocurriría a cualquier naturalista para llegar a una conclusión similar en relación con las numerosas especies de pinzones u otros grupos de aves de la naturaleza»[7].

Como vemos, los pinzones apenas aparecen, pero, a cambio, se describen hasta catorce variedades distintas de palomas criadas en cautividad a lo largo de las siete páginas que conforman este apartado del capítulo I. Para acceder a las detalladas descripciones y observaciones que efectuó Darwin sobre los pinzones que encontró en las islas Galápagos hay que consultar su obra Diario y Observaciones, 1832-1835 (Journal and Remarks, 1832-1836[8]), el primer volumen que publicó Darwin y el segundo suyo más editado después de El origen de las especies.

Otra de las afirmaciones curiosas y más repetidas sobre esta obra es que en ella no se menciona el término evolución ni ninguno de sus derivados. En varias ocasiones me han preguntado en tono desafiante si sé cuántas veces aparece esa palabra en El origen. En un primer momento me sentí desconcertada. No recordaba el número exacto de menciones, pero estaba segura de que en la obra se usa ese vocablo. En cuanto encontré la ocasión me detuve a contarlas. La consulta del texto original en inglés de la sexta edición[9] arroja los siguientes resultados:

-El término evolution (‘evolución’) consta en la página 201 dos veces (×2), en la 202, la 215, la 282 y tres veces en la 424 (×3) de modo que aparece un total de 8 veces.

-El término evolutionists (‘evolucionistas’) consta en las páginas 189 y 201; 2 veces en total.

-El término evolved (‘evolucionado’, como participio) consta en la página 191; 2 veces en la página 202 (×2); en la página 425, en la 429 y en la 450; un total de 6 veces.

De modo que este vocablo y sus derivados figuran hasta 16 veces en el texto definitivo de Darwin. El malentendido se debe a que en la primera edición inglesa, publicada en 1859, no se menciona ni una sola vez ese término ni ninguno de sus derivados, de modo que esta fue una de las modificaciones importantes que introdujo el autor en el manuscrito original.

Un debate parecido existe en torno a la mención del Creador. Es frecuente pensar que Darwin añadió la palabra Creator en versiones sucesivas de su texto para acallar las objeciones religiosas que recibió su primera publicación. Lo cierto es que el término Creator aparece hasta 7 veces en la primera edición de la obra[10]. En ella, al igual que en la sexta y última, el Creador se nombra en el penúltimo párrafo, pero solo a partir de la segunda edición, Darwin lo menciona también en el último párrafo de todos, tal vez el fragmento más conocido de su obra magna. A base de leer aquí y allá que Darwin añadió una mención al Creador en el último párrafo de su obra a partir de la segunda edición, se extendió la idea de que esta palabra solo aparece en ese lugar dentro de toda la obra y, además, que fue un añadido de Darwin a partir de la segunda edición para acallar objeciones religiosas.

Estos cuatro ejemplos no son las únicas afirmaciones erradas que circulan sobre esta obra, pero sí son las más conocidas y repetidas. Karl Pearson, padre de la estadística moderna y darwinista convencido, «nos alerta de la falta de rigor a la hora de escribir la historia de la ciencia, dado que los autores no leen las fuentes originales y repiten una y otra vez los errores de sus predecesores»[11]. No hay nada mejor que acudir a las fuentes para asentar verdades y desterrar mitos o desatinos. Confío en que la nueva traducción de El origen de las especies sirva para que un público cada vez más amplio conozca de primera mano esta obra histórica y fundacional de la biología moderna y disfrute con su lectura.

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Este artículo nos lo envía Dulcinea Otero-Piñeiro, traductora especializada en obras científicas. A lo largo de su carrera profesional ha trabajado con diversas editoriales españolas, como Ediciones B, Planeta, Tusquets, Antoni Bosch, Akal o Alianza Editorial, y ha reportado más de 120 obras traducidas al mercado de libros en español, casi todas sobre materias científicas como astronomía, física, química, matemáticas, biología o ecología de científicos tan conocidos como Max Tegmark, Lewis Dartnell, Paul Murdin, Giles Sparrow, Heather Couper, Ian Ridpath, Wil Tirion, John Gribbin, John Barrow, David Reich, Matt Ridley, Hans Häckel, Günter Roth, Martin Kemp, Peter Atkins, Denis Brian, Jeffrey Meyers, Joshua Angrist o Charles Darwin; y ha vertido al castellano biografías de figuras tan eminentes como Johannes Kepler, Jorge Orwell, Albert Einstein, James D. Watson (codescubridor de la estructura del ADN) y John Allen Paulos.

Su labor editorial incluye también la evaluación y edición de textos originales para su publicación. Es miembro profesional de ACEtt (sección autónoma de traductores de la Asociación Colegial de Escritores de España) y de ASETRAD (Asociación Española de Traductores, Correctores e Intérpretes). Para más información sobre su trayectoria, producción editorial y actividades véase su página en internet: https://tradart.es/

Citas, referencias y más información:

[1]  Charles Darwin, Autobiografía. Trad. de José Luis Gil Aristu. Laetoli, 2008.

[2] Ibíd.

[3] Ibíd.

[4] Ibíd.

[5] Charles Darwin, El origen de las especies mediante selección natural. Trad. de Dulcinea Otero-Piñeiro. Madrid: Alianza Editorial, 2023.

[6] Ibíd.

[7] Ibíd.

[8] El texto íntegro de la primera edición de esta obra en inglés se encuentra disponible en: http://darwin-online.org.uk/content/frameset?itemID=F10.3&viewtype=text&pageseq=1 (consultado en febrero de 2024)

[9] El texto íntegro de la reimpresión de 1876 de la sexta edición inglesa se encuentra disponible en: http://darwin-online.org.uk/content/frameset?keywords=of%20species%20origin%20edition%206th&pageseq=1&itemID=F401&viewtype=text (consultado en febrero de 2024). Esta es la versión en la que se basa mi nueva traducción publicada en Alianza en 2023, el primer volumen del texto final definitivo (first issue of final definitive text).

[10] El texto íntegro de la primera edición de la obra en inglés se encuentra disponible en: http://darwin-online.org.uk/content/frameset?keywords=the%20of%20species%20origin%20edition%201st%20on&pageseq=1&itemID=F373&viewtype=text (consultado en febrero de 2024)

[11]  José Almenara Barrios, Karl Pearson: Creador de la biometría, precursor de la estadística contemporánea. Editorial Aranzadi, 2023.



Por Colaborador Invitado, publicado el 22 marzo, 2024
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