Dos mil años de miedo y un antídoto sanador

Miedo a la enfermedad. Miedo a morir. No hay nada como ese terror para dejar a un lado la racionalidad y dejarse llevar por la esperanza de la curación y el retraso de la muerte. Esto ha hecho que algunos se aprovechen de ello para conseguir que nos entreguemos a los brebajes más absurdos con tal de evitar lo inevitable.

Necesitamos mantener esa falsa sensación de seguridad al tomar algo que nos sane cualquier tipo de enfermedad. Así ha conseguido mantenerse entre nosotros desde el año 120 a.C. hasta bien avanzado el siglo XX el preparado polifármaco que comenzó siendo un antídoto y terminó siendo una panacea.

Mitrídates VI, conocido como Mitrídates el Grande, rey de Ponto, se enteró siendo niño de que su madre había envenenado a su padre para conseguir mantenerse como regente hasta que Mitrídates tuviera edad suficiente para comenzar a gobernar. Desde entonces no pudo quitarse de la cabeza el pánico a ser envenenado, como había ocurrido con su padre. Así que comenzó a ingerir pequeñas dosis de veneno con el objetivo de hacerse resistente a ellos además de investigar antídotos que probaría con delincuentes convictos. Creó un brebaje compuesto por varias sustancias (opio, venenos, carne de lagarto…) al que llamó mitridato (mithridatium) convencido de su protección frente a todos los venenos conocidos.

Derechos de autor de la imagen SCIENCE PHOTO LIBRARYImage captionDel "Tratado sobre la triaca", un manuscrito árabe del siglo XIII, seis hierbas para hacer el remedio. En esa época, la medicina árabe era más avanzada que la europea.
Del “Tratado sobre la triaca”, un manuscrito árabe del siglo XIII, seis hierbas para hacer el remedio. En esa época, la medicina árabe era más avanzada que la europea

Mitrídates VI luchó y venció a dos grandes generales de la República Romana, pero apareció Pompeyo y consiguió apresarle. Mitrídates prefería morir que someterse a Roma. Tenía preparada en su espada una dosis de veneno que suministró a su mujer e hijas. Evidentemente las pobres murieron. Él la tomó también, pero no murió. Tuvo que pedirle a un soldado de su confianza que lo matara con su espada. No sabemos si fue porque no ingirió la dosis suficiente de veneno, pero gracias a esta “no muerte” su preparado llegó a ser eterno. Pompeyo se enteró de lo que había pasado y no podía dejar escapar la fórmula que consiguió que Mitrídates sobreviviera al veneno, así que se hizo con ella y la entregó a los médicos romanos.

Estaban emocionados, tenían la solución a todos los envenenamientos. Pero no se crean, que ya en la época de los romanos existían los escépticos y Plinio el Viejo (científico, escritor y militar) escribió:

“El mitridato está compuesto de cincuenta y cuatro ingredientes, sin que dos de ellos tengan el mismo peso, mientras alguno es prescrito en la sesenteava parte de un denario. ¿Cuál de los dioses en verdad, marcó estas proporciones absurdas? Es simplemente una ostentosa muestra de arte y una fanfarronería de la ciencia”

Toma ya. Ahí lo deja. Pero como no nos gusta hacer caso a quien no dice lo que queremos oír (y más de dos mil años después seguimos igual), Andrómaco el Viejo (sí, todos los médicos son viejos) médico de Nerón (con esto ya lo digo todo) que seguía el principio de “lo semejante cura a lo semejante” se hizo el interesante más de un siglo después modificando alguno de los ingredientes de aquel brebaje: subió la proporción de opiáceos y cambió carne de lagarto por carne de víbora. Ahora sí que proporcionaría una fuerza imparable. Con esa variación, y como en aquella época no había derechos de autor, cambió el nombre a Theriaca Andromachi. Ahora su fórmula pasa de 54 a 65 ingredientes y llevaba una preparación de 40 días.

Y así se fue utilizando y modificando dependiendo del lugar hasta que llegó a Galeno, que no podía perder la oportunidad de imprimir su huella sobre esta maravilla. El término pasó a ser “Triaca” relacionado con la palabra griega “contraveneno”. Amplió la fórmula hasta 70 ingredientes y añadiendo que debía estar “macerando” 12 meses antes de su utilización, que ni los mejores vinos de crianza, vaya. Entre sus ingredientes principales estaba la carne de víbora (pero ya no de cualquier víbora, sino de las hembras no preñadas de las que se desechaba cabeza y cola. Las más apreciadas eran Colli euganci, llevadas a su extinción por su caza masiva), opio, arcilla y muchos más, todos llevados a estado de polvo utilizando la miel como vehículo para los principios activos, denominándose a estas mezclas disueltas en miel como electuario. Esta fórmula es la que figura en casi todas las farmacopeas.

Entre todas las sustancias, en ocasiones más de 70 (aunque dependiendo de quién la elaborara podía pasar de 4 a 100) se encontraban desde sustancias activas hasta otras del todo ineficaces. Algunas de ellas bastante extrañas y difíciles de conseguir: iris de Florencia, acoro aromático, madera de aloe, rosa roja, azafrán, zumo de regaliz, mirra (¿en serio? ¿Mirra?). Todas ellas (y muchas más) eran desecadas, trituradas, disueltas en vino, o incluso trementina y mucha miel.

Habíamos pasado de un antídoto para venenos a una panacea universal que servía absolutamente para todo (o para nada). Llamaba la atención los pocos detractores que tenía y los que lo hacían eran ninguneados, como Teodosio que en 1553 publicó una carta donde comentaba su falta de eficacia. Pero claro, era luchar entre Galeno y Teodosio, ¿alguien conocía a Teodosio? No le hicieron ni caso.

Algún médico como Horace Guarguanti, no apuntaba sólo a que curaba todo tipo de enfermedades sino que “hace que la vida sea más apacible y rejuvenece”. Seguro que el opio no tenía nada que ver con esto.

Estamos ya en la época del Renacimiento donde era un “fármaco” elaborado por doquier. Destacó Venecia, la ciudad de producción de la triaca más valorada lo que les proporcionó unos ingresos importantes, casi todos debidos a la exportación. Era un verdadero ritual donde los especieros más famosos la elaboraban públicamente.

Derechos de autor de la imagen SCIENCE PHOTO LIBRARYImage captionUna farmacia italiana del siglo XIV en la que una farmacéutica dispensa triaca, en ese entonces hecha con 100 ingredientes.
Una farmacia italiana del siglo XIV en la que una farmacéutica dispensa triaca, en ese entonces hecha con 100 ingredientes.

En España se realizaba en la plaza de Sant Jaume en Barcelona y en Madrid sólo el colegio de farmacéuticos tenía el privilegio de su elaboración. En ocasiones llegaba a ser un teatro esperpéntico, demostrando la superioridad del galenismo sobre los seguidores de Paracelso (totalmente opuesto a estos exhibicionismos de médicos y farmacéuticos).

La preparaban los propios colegiados exponiéndolo al público como demostración de su importancia. En una de las ediciones de la Farmacopea Española fue considerada como tónica, antiespasmódica, calmante… empleada a dosis de entre 2 y 4 gramos. En 1920, por desuso, dejó de prepararse pero ya había calado su huella durante 2000 años en diferentes épocas y culturas.

Fórmula Triaca. Bulletin hispanique
Fórmula Triaca. Bulletin hispanique

Llegó a decirse que sólo servía para beneficio y ostentación de comerciantes de drogas, no para aliviar a los enfermos ni curar ningún tipo de dolencia. Los que la defendían, achacaban su falta de eficacia a una mala preparación o ingredientes incorrectos. La presencia en la literatura de estos brebajes sanadores relatando sus amplios poderes curativos conseguía dar difusión a una mentira a través del medio más sencillo de llegar a la población. Además, su alto coste rodeaba de prestigio a la preparación siendo accesible únicamente a quien disponía de bienes y llevaba a la ruina al que entregaba todo lo que tenía por obtener una dosis ineficazmente sanadora.

Lamentablemente esto suena a temas bastante actuales.

2000 años de brebaje engañoso deben hacernos aprender que no podemos fiarnos de quien nos promete la curación absoluta de la enfermedad si seguimos sus extrañas indicaciones, que la excusa de “lleva miles de años utilizándose” no es ninguna demostración de eficacia. 2000 años de miedo justificaron mirar hacia otro lado. Ya no.

Si dejamos de dudar, de investigar, de buscar la evidencia, seguiremos dando pábulo a charlatanes que se aprovechan de “lo que se oye por ahí” para intentar embaucarnos con sus inútiles “triacas”.

Bibliografía

  • Farmacopea Oficial Española (1905) 7ª edición. Madrid, 698 p.
  • Gignoli, F. (1967): Los inventores de medicamentos y el privilegio real. Boletín Sociedad Española de Historia de la Farmacia, 71, 99. Madrid Laboratorios Andrómaco.
  • Andrómaco (S.I) José María de Jaime Lorén Universidad Cardenal Herrera-CEU (Moncada, Valencia) (Julio, 2010)
  • Instituto de España real academia nacional de farmacia la triaca magna discurso del Excmo. Sr. D. Francisco Javier Puerto Sarmiento leído en la sesión del día 26 de febrero de 2009 para su ingreso como académico de número.
  • La medicina del siglo XVIII: la triaca magna de Andrómaco el mayor. Jose María Abizanda Ballabriga Bulletin hispanique Année 1935 37-3 396-399

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