Ignacio López-Goñi: “He aprendido algo muy importante en divulgación: no siempre hay que dar una respuesta, hay que saber decir que no»

Por José Antonio Plaza, el 26 febrero, 2022. Categoría(s): Entrevistas Naukas • Especial

Ignacio López-Goñi nació en Pamplona en 1962. Desde muy pequeño le gustaron dos cosas, la Naturaleza y los animales, que fueron acercándole a la ciencia hasta que la Biología se cruzó en su camino y le encaminó hacia su gran pasión: la Microbiología, que le ha permitido ganarse la vida tocando los cuatro ‘palos’ de la ciencia: la investigación, la docencia, la gestión universitaria y la divulgación.

Lleva más de media vida ligado a la Universidad de Navarra, donde estudió y donde hace 30 años entró al departamento de Microbiología y Parasitología para ya nunca abandonarlo. Da clases en los grados de Biología, Bioquímica y Farmacia, y su carrera investigadora se ha centrado en estudiar los mecanismos moleculares y genéticos que controlan la virulencia de virus y bacterias -especialmente la causante de la brucelosis-, en el desarrollo de vacunas y en el diagnóstico de diversas enfermedades infecciosas.

La pandemia, que lo ha cambiado todo, también cambió su vida profesional, llevándole a ser una de las referencias de la divulgación científica sobre el SARS-CoV-2 en los dos últimos años.  Su blog microBIO, ahora reconvertido en una web que recoge toda su producción divulgadora, tiene ya más de 10 años de vida. Fue pionero en España de los cursos de formación en Twitter (microMOOC), su red social favorita. Lleva varios años coleccionando premios (un Tesla, un Prismas, un COSCE a la difusión de la ciencia, uno de la Fundación Lilly, otro del CSIC-Fundación BBVA…), publicando libros, colaborando con medios de comunicación (tiene un programa de radio semanal en la cadena SER Navarra) y escribiendo artículos tan famosos como ‘Diez buenas noticias sobre el coronavirus’, que en 2020 hizo historia al sumar 22 millones de lecturas en The Conversation, plataforma con la que colabora de manera asidua.

Pasados los años, y tras probar la ciencia en todas sus vertientes (haciéndola, enseñándola, gestionándola y contándola), Ignacio López-Goñi ha decidido centrarse en la divulgación: “Ahora mismo es mi opción vital”.


¿Cuál fue tu primer contacto con la ciencia?

De niño me enganchó Félix Rodríguez de la Fuente con El hombre y la tierra y esa música que aún me emociona. Mi familia no era de ciencias -mi madre era modista y mi padre representante de una empresa textil-, pero gracias a Félix desde pequeño me aficioné mucho a la Naturaleza y a los animales. Además, de chaval fue scout, algo que también ayudó al contacto con la Naturaleza. Después del empujón de El hombre y la tierra, el aldabonazo definitivo hacia la ciencia, concretamente hacia la Biología, vino gracias a dos profesores que tuve en el colegio.

¿Tuviste claro estudiar Biología? ¿Por qué tiraste hacia la Microbiología?

La verdad es que por un tiempo pensé que estudiaría Veterinaria, por el tema de los animales, pero cuando me explicaron cómo se atendía el parto de las vacas y que te tenías que poner un guante desde el hombro hasta la mano, empecé a pensármelo mejor… Finalmente ganó Biología, y no me equivoqué en absoluto: me interesaron casi todas sus disciplinas: Bioquímica, Biología celular, Zoología, Fisiología… Empecé la carrera en 1980 en la Universidad de Navarra, donde di con un profesor de Microbiología, Ignacio Moriyón, que me enganchó del todo con esta disciplina… Siempre que echas la vista atrás te das cuenta de la importancia de los docentes con los que te has ido encontrando, tanto en el colegio como en la Universidad. En tercero de carrera entré como alumno interno en el Departamento que dirigía Moriyón, Microbiología, lo que ya me enfocó hacia la docencia y la investigación en esta área.

Hay una pregunta que siempre me gusta hacer a los microbiólogos: ¿están vivos los virus o no?

Yo soy de la opinión de que no, que los virus no son seres vivos. Suelo hablarlo bastante, hasta bromeando, con muchos profesores e investigadores, sobre todo con un colega de la Universidad. Reconozco que decir una cosa u otra puede depender tanto del virus, porque hay algunos más complejos como los poxvirus que sí pueden acercarse a lo que es un ser vivo,  como de la manera de definir la vida. Lo que está claro es que los virus son un elemento genético clave que existe desde el origen de la vida, que han permitido la variabilidad de los seres vivos, y que posibilitan la evolución. Son es una tremenda fuerza evolutiva.

“Hay algo fundamental para un científico divulgador: conocer los medios de comunicación y entender el periodismo”

En la Universidad no sólo descubres la enseñanza, también la comunicación y la divulgación. ¿Cómo las descubriste?

En el Departamento de Microbiología me encontré un ambiente muy bueno, tanto en lo científico como en el interés por la comunicación, que era algo que ya me atraía de antes. Dábamos charlas, montábamos ciclos sobre científicos como Mendel y probamos con bastantes iniciativas de divulgación cuando aquello no se llevaba tanto. Además de estudiar la ciencia, siempre me ha encantado escribir, nunca olvidaré la ilusión del segundo premio que gané en un concurso de redacción de mi colegio en el que sólo participamos dos alumnos [risas]. El caso es que yo escribía a menudo, lo que ya te acerca a la comunicación, y además desde muy pronto tuve claro que me tiraba la docencia y que quería ser profesor, que también ayuda. Estas dos cosas me acercaron a la divulgación desde muy pronto: contar las cosas, bien fuera a los alumnos, a otras personas o a mí mismo, me gustaba mucho. En el colegio también había estado en un grupo de teatro, algo que te ayuda mucho a expresarte y a plantarte delante de mucha gente para contarles y transmitirles cosas.


Vocación comunicadora y docente… ¿Y la investigación? ¿Qué ámbitos te atraían más?

Entre 1984 y 1985 hice lo que se llamaba tesis de licenciatura, una especie de trabajo de fin de grado que centré en investigar en torno a la purificación de anticuerpos bovinos (‘Aplicación del cromatoenfoque a la purificación de las IgG1 e IgG2 bovinas y de los frgamnetos Fab y Fc de las mismas’, se titulaba). Fue mi primer artículo publicado, justo al acabar la carrera, en una pequeña revista española con muy poco índice de impacto (Rev. Diag. Biol., 36: 91-94, 1987). Me hizo mucha ilusión publicar el que fue mi primer paper, aunque tuviera poca repercusión, y fue un acicate para seguir haciéndolo; guardo con mucho cariño aquel primer artículo. Una vez acabada la carrera continué en el Departamento de Microbiología y me centré en investigar sobre la bacteria Brucella y la enfermedad que provoca, la brucelosis. Hice mi tesis doctoral sobre ella y la he estudiado durante gran parte de mi carrera.

 

Ignacio López-Goñi, en laboratorio (foto publicada en Deia).


Al acabar la carrera hiciste las maletas…

Sí, al poco tiempo de terminar me salió la oportunidad de ir a Estados Unidos como investigador postdoctoral gracias a una beca del Instituto Nacional de Investigación y Tecnología Agraria y Alimentaria (INIA). Estuve dos años en la Universidad de Berkeley y otro en Columbia (Missouri), investigando cómo las bacterias son capaces de transportar hierro a su interior, un elemento esencial para su supervivencia. Antes de tener esta posibilidad de investigar allí yo ya quería ir a EE.UU. sí o sí. En mi Departamento todo el mundo había ido a EE.UU. y hacer allí una estancia era abrir aún más la puerta para seguir trabajando e investigando en la Universidad, era casi una obligación para después volver y quedarme como profesor.


¿Notaste mucho el cambio? ¿No te planteaste pasar más años allí?

Cuando me fui a EE.UU. ya estaba casado y con hijos, y mi mujer y yo teníamos claro que el viaje era de ida y vuelta. El mismo día que me llegó la notificación de la beca mi mujer me dijo que estaba embarazada de nuestro segundo hijo. Aquello fue una pequeña crisis, pero la solucionamos pidiendo retrasar 9 meses mi incorporación. Finalmente nos fuimos en 1990, cuando yo tenía 28 años. La verdad es que no fue especialmente duro, éramos jóvenes y nos queríamos comer el mundo, y la vida allí te da muchas oportunidades como científico. Fue peor la decisión de volver a España que la de ir a EE.UU. Más allá de ideas políticas o socioculturales, es un gran país para investigar y hacer ciencia, en el que crecer cuando aún eres joven, conocer mucha gente (solo la Universidad de California tiene más premios Nobel que Rusia), disponer de recursos, trabajar en entornos abiertos con personas de muchas nacionalidades… Un poco lo contrario a lo que pasaba en España. Fue bastante fácil adaptarse, viví a base de becas y sin contrato, pero con buena calidad de vida y trabajo. Lo que sí me costó fue reintegrarme al volver a España, porque aquí todo era más difícil, muchos papeles, mucha burocracia, menos recursos y facilidades… Pero mi mujer y yo teníamos claro que queríamos volver a Pamplona. Las razones fueron más familiares que laborales, y la verdad es que no fue fácil la vuelta.


¿Tuviste claro continuar en la Universidad de Navarra? ¿No barajaste otras opciones?

Mi primer contrato real lo firmé al volver a España, como profesor de la Universidad, con 31 años. Durante los primeros años hice mucha docencia con poco sueldo, porque no era profesor titular, así que alguna vuelta sí le di. Recuerdo que me presenté a unas oposiciones pero no las saqué, porque en aquel momento venía de fuera, la Universidad de Navarra es privada, el sistema de oposiciones en la universidad pública es bastante endogámico… Aunque he dicho que no saqué las oposiciones, no fue realmente así: llegué a sacar la plaza para una universidad pública, pero el proceso fue impugnado, se generó bastante lío y al final no me la dieron, así que decidí seguir mi camino en la Universidad de Navarra. Conseguí acreditación de la ANECA, me hice catedrático, conseguí sexenios de investigación… Hice mi carrera profesional.

No me defino como divulgador científico, sino como un profesor universitario al que le gusta contar historias, un ‘contador’ de ciencia


En esa carrera también destacan casi 10 años como decano de la Facultad de Ciencias. ¿Cómo es tratar con la ciencia desde el punto de vista de su gestión?

Mi paso por la gestión universitaria fue productivo. Fui decano entre 2005 y 2014. Creo que es bueno pasar por este tipo de cargos si tu vida profesional es la Universidad, porque te ayuda a comprenderla mejor cómo funciona, a ayudar de otras maneras… Eso sí, no fue una época fácil porque me tocó bolonizar la universidad [proceso de reforma de la educación superior, basado en el llamado Plan Bolonia]. Cuando dejé de ser decano recuperé parte de mi tiempo, aunque seguía investigando y dando clases, así que mi adiós a la gestión coincidió con mi dedicación a la comunicación y divulgación científica.


¿Hubo algún desencadenante de tu labor como divulgador?

Era algo que ya me gustaba y que hacía de manera ocasional, pero la divulgación me vino de lleno cuando un profesor de Genética, Javier Novo, que tenía un blog que se llamaba A Ciencia Cierta, me invitó a escribir de vez en cuando comentando artículos de Microbiología. Empecé a colaborar y me gustó mucho. Pero Javier cerró el blog y me dejó ‘colgado’, pensando qué hacer, porque me había enganchado. Me dijo con toda la razón que me lanzara con mi blog propio, así que un fin de semana que tenía algo de tiempo entré en Blogger y lo hice: así nació microBIO, en 2009. Para empezar volqué todas las entradas que había hecho en el blog de Javier y empecé a escribir entradas nuevas de manera regular.


¿Qué temas elegiste para buscar tu lugar en la blogosfera?

La verdad es que estaba un poco obsesionado con escribir sobre las cosas que yo controlaba mucho, como los lipopolisacáridos de la membrana exterior de la bacteria Brucella (era el tema de mi investigación). Pero recuerdo que los inicios del blog coincidieron con el tema de la Gripe A y que la gente me preguntaba mucho sobre ello, también sobre otras cosas más generales, así que enseguida me di cuenta de que podía ser bueno abrirme más y hablar de más cosas sobre las que también sabía y podía aprender, aunque no fueran mi tema de investigación. Empecé a leer y estudiar más cosas del ámbito general de la Microbiología, y sobre temas de actualidad, intentando encontrar temas interesantes para el blog. microBIO fue creciendo y empezó a ser una pequeña referencia para la comunidad científica del ámbito de la Microbiología, y recuerdo que empecé a utilizarlo bastante en clase. Cuando empezó a ser más conocido me recomendaron que no me quedara en el blog, que me abriera redes sociales, así que probé: primero Facebook y Twitter, y más tarde Instagram.

 

Ignacio López-Goñi, dando una de sus clases en la Universidad de Navarra.

Las redes sociales han influido mucho en la manera de contar la ciencia: ¿Qué te aportan como divulgador?

Me han dado acceso a mucha ciencia y a mucha gente, sobre todo Twitter (@microbioblog). La unión del blog y Twitter me gustó muchísimo, porque me parecen dos plataformas complementarias y se enriquecían mutuamente. A Facebook no le he sacado tanto partido, y de hecho hace ya más de un año que no lo utilizo porque me parece aburrido y más difícil de explotar, aunque reconozco que me dio mucha visibilidad y contactos en Latinoamérica. Sigo siendo muy de Twitter, que me ha dado un montón de cosas. Por ejemplo, gracias a Twitter conocí el virus Zika, que no se explicaba en clase y que apenas se estudiaba: un día vi referencias sobre su presencia en Brasil y a partir de ahí comencé a estudiarlo. Lo tengo muy claro: si lo haces bien y te unes a una buena ‘tribu’, en Twitter te puedes enterar de todo y sacar muchísimo provecho tanto desde el punto de vista científico como de la divulgación. Es una ventana al mundo y una fuente de conocimiento. Para mí es una excelente herramienta de trabajo. Si sigues a determinados científicos te puedes enterar a tiempo real de los avances de la ciencia. Un ejemplo: Tulio de Oliveira es el virólogo sudafricano que primero detectó Ómicron. Tiene una cuenta de Twitter muy activa, si le sigues te enteras de la nueva variante y de primera mano antes que los medios de comunicación y, por supuesto, que las publicaciones científicas.

Según crecía la influencia de las redes sociales, bajaba la de los blogs. ¿Por qué crees que microBIO ha sobrevivido tan bien?

Siempre dudé de que a quién le iba a interesar el mundo de los microbios, y pensaba que iba a ser muy difícil que lo siguiera mucha gente, pero por algún motivo funcionó. Encontré un nicho, un ‘hueco’, algo fundamental, como han hecho otros divulgadores y divulgadoras como Clara Grima en matemáticas, Francis Villatoro en Física o Lluis Montoliu en Genética. Pero es verdad que los blogs han ido perdiendo peso y que yo he ido haciendo muchas más cosas, así que hace poco comprendí que microBIO necesitaba renovarse. Por primera vez decidí invertir algo de dinero, comprar un dominio y mejorar el blog. El nuevo microBIO es un espacio en el que ahora incluyo todas las cosas que hago en divulgación: se retroalimenta con Twitter, con mis libros (ya llevo cinco), con cosas que escribo en otras plataformas como The Conversation, el canal de YouTube con videos, las colaboraciones semanales en radio,… Estoy muy orgulloso de que se haya convertido en una referencia para mucha gente con el paso de los años.

Cuando Twitter estaba en su apogeo fuiste pionero con la formación desde redes sociales: ¿Puedes explicar la historia de los microMOOC?

Los MOOC [Massive Open Online Course, cursos masivos en línea y en abierto] ayudaron mucho a que mi faceta como divulgador fuera creciendo y consolidándose. Comencé a hacerlos en 2014, en plataformas como Miriadax, y fueron un exitazo: ‘Virus y pandemias’ y ‘Los microbios que te rodean‘. Utilicé Twitter para su difusión, con la etiqueta #microMOOC, lanzando un tuit por minuto porque entonces no se podían hacer hilos, y utilizando enlaces, imágenes, blogs, noticias, vídeos, infografías, etc., sobre ciencia y Microbiología. La idea era mezclar formación y entretenimiento, y dirigirme a la comunidad científica pero también al público general interesado en saber algo más de los temas que se enseñaban.

La iniciativa funcionó muy bien y poco después, en 2016, junté a varias personas de la Sociedad Española de Microbiología (SEM), y de varias universidades y de centros de investigación, para impartir el primer curso completo de microbiología a través de Twitter del mundo, con la etiqueta #microMOOCSEM y a través de la cuenta de la sociedad, @SEMicrobiologia. De nuevo, funcionó muy bien, y desde entonces he contado para este tipo de cursos con la colaboración del grupo de Docencia y Difusión de la Microbiología de la SEM. Hemos hecho, por ejemplo, una edición del curso centrada en Latinoamérica y otra a escala mundial, con la Federación Europea de Sociedades de Microbiología (FEMS) ya en inglés. E incluso hubo spin-off de este tipo de cursos: #microMOOCA, sobre alimentación y #microMOOCvacunas, con la Asociación Española de Vacunología.

La gestión científica te ayuda a comprender mejor cómo funciona la ciencia y te permite ayudar de otras maneras


Llegado el momento también te subiste al carro de uno de los fenómenos que ha dejado el boom de la divulgación científica en el último lustro: la publicación de libros. ¿Estabas llamado a ello, dada tu afición por escribir?

Entre el blog, los cursos online, las redes sociales, los materiales para las clases, etc, estaba reuniendo muchísimo material, y pensé que el paso lógico para ampliar mi faceta divulgadora era escribir libros, sí. El primero lo escribí en 2017, ¿Funcionan las vacunas?, con Oihan Iturbide. Oihan fue un alumno que estudió Biología conmigo de forma algo tardía, pero que tenía ideas muy interesantes y que hizo un trabajo de fin de Grado sobre el escepticismo en la ciencia, tratando cuestiones como homeopatía, transgénicos y vacunas. Me gustó mucho su enfoque, yo ya estaba con la idea de escribir un libro y le pregunté si lo hacíamos juntos. ¿Funcionan las vacunas? salió primero en una editorial muy pequeña, y más tarde de manera más completa y actualizada en Next Door Publishers.

Luego llegaron muchos más…

Le cogí el gustillo. Publiqué Virus y Pandemias, que iba a salir con una editorial asociada a Naukas que finalmente no llegó a cristalizar, y que al final editó Almuzara en 2020. Con esta editorial había publicado dos años antes Microbiota: los microbios de tu organismo. También en 2020, el Grupo Planeta me editó Preparados para la próxima pandemia: reflexiones desde la ciencia. Pero el libro más especial que he escrito es Princesas de cristal, sobre un tema distinto a la Microbiología: está escrito a tres manos entre mi hija, su psiquiatra y yo. Mi hija Ana tuvo anorexia y un día me dijo que quería escribir conmigo un libro sobre cómo se sentía con la enfermedad y cómo luchaba para superarla. Ella quería contar cosas que nunca había sacado, que necesitaba contar, como una especie de ‘terapia’. Creo que el libro ayudó a mi hija y que ha ayudado a más gente; estoy muy orgulloso de esta obra, que ha sido mi mejor experiencia como escritor.

 

En el escenario, en una de su charlas de divulgación.


Desde hace años, pero sobre todo desde el inicio de la pandemia, colaboras con medios de comunicación. ¿Cómo es la relación de un científico con el periodismo? 

Llegó un momento en que los medios empezaron a consultarme y a pedirme artículos, pero la verdad es que el boom ha sido con el coronavirus. Tengo la suerte de que ya conocía bastante los medios, el funcionamiento y dinámica del periodismo, porque en la Universidad hemos hecho cursos de comunicación científica con periodistas y había podido tratarles y conocerles. Hay algo fundamental: entender el periodismo, comprender su inmediatez, su lenguaje, sus puntos fuertes y débiles, el riesgo de los titulares, saber expresarse de manera sencilla y directa… Como profesional de la ciencia, entiendo que los periodistas también lo son y que lo normal es que salga todo bien cuando colaboramos. A veces la relación sale mal, pero como en tantas cosas: es muy importante explicar la ciencia en los medios.

¿No te has visto sobreexpuesto? La pandemia puede quemar a la gente experta que está en los focos…

Ha sido la peor parte, y eso que yo no soy una de las personas más afectadas. La pandemia me ha interesado desde el principio, lógicamente como microbiólogo y estudioso de los virus, pero también como científico en general, como divulgador y como persona. Yo quería saber, entender lo que estaba pasando para explicarlo. Creo que escribí el primero, o uno de los primeros, artículos en español sobre el nuevo coronavirus, que se publicó en la revista Investigación y Ciencia el 10 de enero de 2020: ‘La historia se repite: ¿un nuevo coronavirus en China?‘. A partir de ese momento, la bola fue creciendo, y llegó un momento que tuve que pedir ayuda a los compañeros de Comunicación de la Universidad para organizar mis colaboraciones con medios, para analizar y filtrar las peticiones, porque estaba saturad, había días de varias consultas de radio, prensa y TV.

Ya es posible, aparte de con el periodismo, vivir de la comunicación y la divulgación de la ciencia, pero hay que ser bueno

¿Te has frenado a ti mismo en tu colaboración con los medios?

Aprendí a discriminar gracias a profesionales del periodismo y la comunicación, y con el tiempo también aprendí algo fundamental: a decir ‘no’. A decir ‘no’ por muchas razones: por falta de tiempo, por desconocimiento (la importancia de saber decir ‘no lo sabemos’), por no saturarme, porque considero que algunos medios buscan cosas que no comparto… Hay gente que se enfadaba cuando declinaba hablar, pero yo necesitaba aire y sentía que a veces no me correspondía hacerlo.

¿Cualquier medio es bueno para tratar de explicar la pandemia?

No lo tengo del todo claro. Por ejemplo, me gusta más la radio que la televisión. No quiero ir, por ejemplo, a programas como Cuarto Milenio, y mira que me han llamado; no estoy cómodo. He ido al programa de Ana Rosa y otros parecidos, en el que la ciencia no suele estar presente. No es fácil elegir o saber dónde hablar, porque puede salir rana. Suelo pensar que si no voy yo a lo mejor va otro, pero eso no me ayuda siempre a decidirme. Hay que tener cuidado con la frivolidad e, insisto, considero que no siempre hay que dar una respuesta.  Si he estado menos expuesto de lo que podría ha sido por saber dar algún paso atrás. Aun así, seguro que me he equivocado, es algo probable cuando hablas mucho.


¿Cómo conociste el universo Naukas?

Sería hacia 2012 o 2013. Llegué a su plataforma de blogs cuando ya había abierto microBIO y me gustó mucho por los temas y las personas que colaboraban. Había muchos docentes, gente conocida que respetaba, y además descubrí otra gente muy interesante. Me puse en contacto con Javier Peláez y empecé a colaborar, simultaneándolo con mi blog. Luego ya vinieron los Naukas Bilbao, con mi primera charla en directo en 2014, que no se me olvidará porque me dejaron abriendo la sesión un viernes a primera hora, con una charla sobre bacterias y metano (‘¿Por qué explotan las granjas de vacas?‘). Salí bien del paso, pero iba acojonado. Naukas, que es ‘Ciencia, escepticismo y humor’, me enamoró. Siempre me había gustado unir ciencia y humor y Naukas en parte es espectáculo y lo ha hecho posible. Soy un tipo bastante racional, escéptico aunque hasta un puntito, y es que yo soy creyente, creo en Dios. Pero no me ha supuesto ningún problema; como una vez dijo alguien, «En Naukas nos gusta tener gente rara, como tú” [risas].

 

Foto: Javier Bergasa (Deia).

Volvemos a los cuatro ‘palos’ de la ciencia. Investigación, docencia, gestión y divulgación. ¿Con cuál te quedas?

Mi opción vital ahora es la divulgación. No he tenido grandes problemas para encajarla en mi trabajo, sobre todo desde que dejé la gestión después de 10 años como decano. Al principio, como a tanta gente, algunas personas me decían que con la divulgación perdía el tiempo, pero al final la mayoría se han convencido de que aporta visibilidad a la Universidad y que permite seguir creciendo. La gestión ya la dejé, y llevo investigando y dando clases 30 años. En los últimos años estoy dejando algo más de lado mi faceta investigadora. Por ejemplo, ahora voy a entrar en un proyecto europeo de investigación, pero coordinando la comunicación, no la parte pura de investigar. Estoy cómodo con esto ahora, es algo que después de muchos años me puedo permitir. Ahora estoy dirigiendo un proyecto apasionante, el más chulo que tiene la Universidad de Navarra en estos momentos, su Museo de Ciencias, un lugar de comunicación y divulgación de la ciencia donde hacer realidad eso que venimos diciendo desde hace tiempo, la ciencia que no se cuenta no cuenta o por lo menos cuenta menos. Se trata de añadir una “d” minúscula al acrónimo I+D+i: I+D+i+d, investigación + desarrollo + innovación + divulgación.

La divulgación se está consolidando, incluso profesionalizando. ¿Cómo ves su evolución en el mundo de la ciencia?

La divulgación no es sólo un objetivo o un complemento: es un valor por sí misma, algo que funciona y es muy útil. Poco a poco ha ido ganando peso: ya cuenta para tu carrera profesional, en Europa ya es parte fundamental de los proyectos de investigación, y la comunidad científica la ha aceptado y acogido. La versión profesionalizada de la divulgación en los centros y universidades es algo positivo, con las Unidades de Cultura Científica y de la Innovación, que van ganando relevancia y consiguiendo cosas, aunque todavía les faltan recursos, visibilidad y reconocimiento. En todo caso, la divulgación científica en España ha alcanzado el momento de poder profesionalizarse, hasta el punto de que creo que en algún momento podría incluso haber una saturación en el mercado, pero todavía quedan muchos trozos de pastel para compartir.


¿Hay un camino idóneo para divulgar?

¿Qué hay que hacer para ser divulgador? Es algo que hablo mucho, por ejemplo, con José Manuel López Nicolás, y estamos de acuerdo en una cosa que también le he leído a Lluis Montoliu: según mi experiencia, primero hay que investigar, hacer mucha ciencia, y después vendrá la divulgación, con conocimientos detrás. Pero es verdad que van cambiando las cosas y, con la situación actual, hay gente joven que se puede lanzar más directamente al mercado de la divulgación y la comunicación científica. Mira por ejemplo Scienceseed, la empresa de Lucas Sánchez, un caso de éxito de una persona joven que decidió cambiar la investigación por la comunicación. O el de Fundamentium, otra empresa de comunicación e infografías científicas que fundó otro alumno mío, Heber Longás, tras pasar por Materia-El País. ¿Cuántos ejemplos hay ya de esto? Son varios, síntoma de que es algo que se puede hacer: ya es posible vivir de la comunicación y la divulgación de la ciencia, más allá del periodismo científico. Tienes que ser bueno, pero se puede conseguir lo que antes era casi imposible.


¿Piensas en la línea de llegada de tu carrera profesional?

Voy a cumplir 60 años. Quiero dedicarle mucho tiempo a la familia, tengo cinco hijos y desde hace poco siete nietos, algo bueno tenía que tener tanto confinamiento [risas]. Siempre tuve claro que lo mío era la docencia, y que combinar enseñanza e investigación era mi modelo, lo que más me gustaba. Realmente yo no me defino a mí mismo como divulgador científico sino como profesor universitario que le gusta contar historias, un ‘contador’ de ciencia. He tenido suerte porque he podido hacer lo que me gustaba añadiendo la divulgación. No sé si he hecho muchos méritos por el camino, pero siempre ha estado satisfecho. Tengo aficiones al margen de la ciencia y soy muy familiar. Mi gran hobby, que mis hijos cuando eran más jóvenes no entendían, es que me gusta estudiar y aprender para entender la realidad y poder seguir escribiendo y contando cosas.

 

NOTA FINAL: Esta entrevista, realizada por el periodista José A. Plaza, forma parte de una serie de conversaciones-entrevistas con divulgadores y divulgadoras de la ciencia. Antes de ésta se han publicado las siguientes entrevistas:

Esta serie surgió tras la publicación de este reportaje sobre el décimo aniversario de Naukas y continuará con nuevas entregas. En cada entrevista se habla sobre la labor de la persona entrevistada como científico/a y/o comunicador/a, sobre su campo científico de trabajo, sobre la relación con Naukas y sobre la divulgación científica en general.



Por José Antonio Plaza, publicado el 26 febrero, 2022
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